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Multas de hasta 500 euros por llevar la silla a la calle: la tradición de ‘tomar el fresco’ es ilegal en España de Sánchez

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Con la llegada de calor, muchas calles y cuadrados de España recuperan una imagen que parece tomada de otra época: vecinos sentados en sillas antes de sus portales, compartiendo una charla nocturna y brisa.

Esta costumbre, conocida como tomar el fresco, es para muchos símbolo de verano y una forma de hacer vecindario. Sin embargo, lo que para algunos es el patrimonio intangible, para otros es una infracción que puede costar hasta 500 euros.

El conflicto no es nuevo, pero ha ganado fuerza este verano después de conocer casos de sanciones y avisos policiales en ciudades como Barcelona y Madrid, donde las ordenanzas municipales contemplan multas por ocupar caminos públicos sin permiso.

La noticia ha generado una fuerte controversia entre los defensores del civismo y aquellos que consideran que el sentido común se está perdiendo en la gestión del espacio urbano.

¿Qué dice la ley sobre llevar sillas a la calle?

Las regulaciones que regulan la ocupación del espacio público en España es la competencia de cada ayuntamiento. Según la ley 7/1985, corresponde a los municipios administrar el uso privado de sus calles y cuadrados. En la mayoría de las ciudades, colocar sillas o aceras requiere una autorización expresa, ya sea para individuos o empresas de hospitalidad. Las ordenanzas generalmente justifican estas restricciones en criterios tales como:

Garantizar al Pasoproteger libre de pedatones La accesibilidad de las personas con movilidad reducida a VIT

En Barcelona, por ejemplo, la ordenanza de coexistencia ciudadana considera esta práctica una ocupación no autorizada que puede conducir a sanciones económicas. Hasta hace poco, las multas solían ser leves (aproximadamente 100 euros), pero desde este año se observa que podrían alcanzar los 500 euros si se considera una infracción grave. En Madrid, las sanciones pueden incluso alcanzar 750 euros en casos repetidos o especialmente molestos.

Una notable excepción es el caso de Cullera (Valencia), donde la ordenanza en sí reconoce como una tradición histórica llevar las sillas a la calle, lo que lo permite sin autorización previa.

El impacto real: ¿multas masivas o alarma exagerada?

A pesar de los medios de comunicación y el revuelo del vecindario, las fuentes municipales insisten en que no hay una persecución sistemática contra aquellos que salen a sentarse frente a su hogar. De hecho, tanto en Barcelona como en otras ciudades, las autoridades enfatizan que solo se sanciona si hay quejas repetidas, claro impedimento del pasaje o incomodidad obvia. Como el propio Ayuntamiento de Barcelona ha aclarado recientemente, “no hemos encontrado información que se refiera a las sanciones económicas aplicables en Barcelona para atraer sillas a la carretera pública”. Lo habitual es que la policía local primero solicita los elementos antes de procesar cualquier multa.

Sin embargo, esta “tolerancia” depende mucho del contexto local y los criterios policiales. Los agentes tienen el poder de actuar si consideran que se violan las regulaciones o se generan conflictos del vecindario. En algunos vecindarios donde la costumbre está más arraigada y no hay problemas de coexistencia, generalmente hay mayor permisividad. Pero si hay quejas o portales y los pasos de peatones se ven obstaculizados, la sanción se puede imponer sin previo aviso.

Tradición contra la modernidad: crack entre la ley y la realidad social

La controversia refleja un choque entre dos modelos de la ciudad:

Por un lado, aquellos que defienden reglas estrictas para garantizar el descanso, la cortesía y el uso adecuado del espacio común. Por otro lado, aquellos que ven estas medidas como un ataque innecesario contra el tejido comunitario y el patrimonio cultural intangible.

En palabras de las asociaciones del vecindario: “¿Es realmente tan grave colocar dos sillas en la calle para pasar un momento agradable? Para muchos, esta imagen es casi un símbolo de verano”.

Los defensores de la tradición argumentan que sentarse en el fresco fomenta el contacto humano y refuerza los lazos sociales, especialmente entre las personas mayores o que no pueden pagar terrazas privadas o ocio comercial. Es por eso que han solicitado soluciones más flexibles:

Habilitar espacios específicos para reuniones del vecindario para permitir horarios específicos donde no hay incomodidad.

Por su parte, las autoridades locales insisten en buscar un equilibrio entre la coexistencia y el respeto por las normas. “La costumbre todavía está viva, pero está condicionada por la regulación municipal y la necesidad de garantizar el descanso y la seguridad”, recuerdan de varias policías locales.

¿A dónde va el modelo urbano español?

El debate abierto va más allá de la cantidad de una multa. Así es como queremos vivir juntos en nuestras ciudades: si el espacio público solo fuera un lugar de tráfico o también en la escena para fortalecer las relaciones del vecindario.

Algunos expertos sugieren revisar las regulaciones con la participación ciudadana para distinguir entre comportamientos incívicos y expresiones culturales legítimas. De hecho, hay propuestas para declarar este patrimonio personalizado ante organismos como la UNESCO. Sin embargo, mientras tanto, muchos vecinos continuarán saliendo con su silla cada noche de verano, consciente del riesgo, pero también convencidos de que esta silla es más que un mueble simple: es un símbolo de la comunidad diaria.

Puntos clave para entender el conflicto

Eliminar sillas de la calle está regulada por cada municipio; Requiere permiso, excepto las excepciones locales. Las multas varían entre € 150 y € 750, según City and Infraction. Por lo general, no se sanciona si no hay molestias ni quejas; Prevalece el aviso anterior. El debate enfrenta la legalidad urbana contra las tradiciones arraigadas del vecindario. Las propuestas intermedias deben preservar a la comunidad sin renunciar a civismo.

La brecha entre la norma y la vida diaria aún está abierta. Y mientras tanto, con cada tarde calurosa, miles de españoles eligen permanecer fieles a esa vieja costumbre: sal con su silla fresca para compartir historias bajo las estrellas.

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