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En Blood and Fire, la violencia ha regresado al centro de la etapa colombiana.
Dos ataques casi simultáneos han dejado un trágico equilibrio de al menos 18 muertos y más de 65 heridos, desatando una nueva crisis nacional que pone en tela de juicio el curso de la política de seguridad del presidente Gustavo Petro.
El país, acostumbrado a lidiar con el conflicto armado, no recordaba un día tan oscuro desde los peores años de confrontación con el FARC.
El primero de los ataques tuvo lugar en Cali, donde explotó un camión de bombas frente a la Escuela de Aviación Marco Fidel Suárez.
La detonación causó seis muertos y medio cien heridos, muchos de ellos civiles que viajaron por el área comercial cerca de la base aérea.
Las imágenes posteriores mostraron escenas del caos: cuerpos que se encuentran en el asfalto, las ambulancias y los bomberos que trabajan contra el contrareloj para evacuar las lesiones y las tiendas con las exhibiciones destrozadas por la ola expansiva.
Horas después, en el noroeste del país, otro golpe sacudió antioquia: un helicóptero policial fue derribado con drones cargados de explosivos, causando diez policías muertos y varios heridos graves.
Hoy, el 22 de agosto de 2025, la cifra total confirmada supera los 18 muertos y 65 heridos, aunque las autoridades no descartan que el número continúe creciendo en las próximas horas debido a la gravedad de algunos heridos.
🚨Colombia en la guerra🚨
Escalada de violencia y horror en Colombia.
En un solo día demolerán un helicóptero en el amalfi rural y cometen un ataque en la Escuela de Aviación Militar en Cali.
No hay gobierno. Petro es un inepto pic.twitter.com/avlbttp8m9
– Santiago Giraldo 🇨🇴 (@Santigiraldo176) 21 de agosto de 2025
¿Quién está atrasado? El regreso del fantasma de FARC
El presidente Petro señaló rápidamente a los disidentes de la extinta FARC, en particular al frente de Carlos Patiño, bajo el mando de la mordedura de alias Iván, como responsable tanto del ataque en Cali como de la demolición del helicóptero en Antioquia. Según el presidente, “el terrorismo es la nueva expresión de las facciones que están dirigidas por Iván Bite, sujeto al control de la Junta de Tráfico de Drogas”. Los expertos señalan que estos grupos no participaron en el acuerdo de paz firmado en 2016 y han reanudado prácticas violentas para obtener rutas de control territorial y tráfico de drogas.
No es un hecho aislado. En los primeros meses de este año, Colombia ha visto una escalada preocupante: las explosiones simultáneas en Cali y otros municipios en junio dejaron varios muertos y docenas de heridos; Los secuestros han aumentado a niveles no publicados durante quince años; y regiones como Catatumbo viven una emergencia humanitaria para enfrentamientos entre disidentes y el Eln.
Un clima político crish: petro bajo el foco
Estos ataques han revivido las feroces críticas contra Gustavo Petro, primer presidente colombiano con un pasado guerrillero. Los sectores políticos conservadores y una buena parte de la opinión pública lo acusan de haber debilitado a las fuerzas armadas y promovido una política demasiado suave con los grupos armados. Desde que asumió el poder que prometía una “paz total”, Petro ha promovido negociaciones abiertas incluso con pandillas criminales vinculadas al tráfico de drogas, otorgando truces temporales que, según sus detractores, solo han servido para dar oxígeno a los violentos.
Los hechos recientes parecen dar argumentos a aquellos que ya hablan abiertamente del “desastre de Petro”. Los críticos lo reprochan para haber permitido una reagrupación de actores armados bajo el paraguas del diálogo sin condiciones estrictas. Las figuras lo reflejan:
Aumento interanual del 30% en secuestros durante 2025. Más de 100 muertos solo en disputas armadas entre grupos ilegales este verano. Expansión territorial visible de la disidencia de FARC-EMC después del debilitamiento del estado en las zonas rurales.
Muchos alcaldes locales han exigido públicamente la militarización inmediata frente a la incapacidad del estado para garantizar la seguridad. En Cali, después del ataque, se decretó la ley seca, el cierre preventivo comercial y el refuerzo masivo del despliegue militar.
Reacciones internacionales y presión interna
El choque cruzó las fronteras. Los gobiernos como el venezolano condenaron los ataques “enérgicamente”, mientras que las organizaciones internacionales solicitaron respeto por los derechos humanos, pero subrayaron la urgencia de restaurar el orden institucional.
Dentro del país, los sindicatos de policía han denunciado la falta de equipos adecuados para lidiar con amenazas cada vez más sofisticadas, como drones armados o explosivos improvisados, y exigen recursos inmediatos. El propio presidente reconoció públicamente la necesidad de “revisar las estrategias” después de declarar organizaciones terroristas tanto al clan del Golfo como a las facciones disidentes involucradas.
El futuro inmediato: ¿espiral o punto de inflexión?
El escenario inmediato para Colombia es incierto. Los analistas consultados están de acuerdo en que se abre un período especialmente delicado:
Las disidencias parecen tener capacidad logística para perpetrar ataques complejos en las zonas urbanas y rurales. El gobierno enfrenta una pérdida acelerada de confianza social. Las fuerzas armadas están llamadas a endurecer su respuesta, mientras que las presiones internacionales persisten para evitar las violaciones de los derechos humanos.
Todo apunta a un endurecimiento temporal del dispositivo militar, aunque sin garantías reales de revertir la tendencia sin cambios estructurales profundos. La “paz total” defendida por Petro está hoy más allá, mientras que miles de familias colombianas temen que lo peor esté por venir.
En Colombia cada día puede cambiar todo. Esta vez, los ataques han devuelto al país al borde del abismo y cuestionan directamente el liderazgo presidencial. La pregunta ya no es solo cómo responderá Gustavo Petro antes de esta crisis inmediata; Es si su proyecto político sobrevivirá al nuevo ciclo sangriento desatado bajo su mandato.








