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El momento que cambio mi vida

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14 de junio de 2026 – 5:30 a.m.

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Rara vez puedes identificar un momento, un descubrimiento o un encuentro que cambió tu vida.

Desde mi niñez, en los años 60, había sido un cristiano con un fuerte sentido de que la oración –comunicación, de alguna manera, misteriosamente con lo Divino– tenía que consistir en algo más que palabras. Pero la tradición de la que vengo (reformada, protestante) era excesivamente prolija y los héroes tendían a ser activistas con lo que parecía ser un compromiso inagotable con la justicia social.

John Main, un monje benedictino, normalizó la meditación en la tradición cristiana.

Teniendo un mínimo de autoconciencia, supe que esto nunca sería una opción natural para mí, y me fui a monasterios disfrutando, durante unos días, de nada más que silencio y oración. En uno de esos retiros, a principios de los años 90, tomé la biografía de un monje llamado John Main, nacido hace 100 años este año. Leer ese libro, responder a la salvaje atracción que sentía por mí, lo alteró todo.

Main, un católico romano, estudió teología pero trabajó para el Servicio Colonial Británico, viviendo en lo que hoy es Malasia, donde el santo hindú Swami Satyananda le enseñó a meditar usando un mantra. En una época en la que muchos cristianos desconfiaban profundamente de la meditación como práctica de las “religiones orientales”, Main descubrió que la meditación utilizando un mantra – o “palabra de oración” – también era una antigua tradición cristiana. Estudió a Juan Casiano y a los otros Padres y Madres del Desierto, ascetas que vivieron en el desierto egipcio en los siglos III y IV. Con el tiempo, Main se convirtió en monje benedictino y pasó el resto de su vida promoviendo algo que llamó “Meditación cristiana”, y finalmente formó un organismo llamado Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana, que ahora tiene ramas y grupos en todo el mundo.

La disciplina que Main enseña es el alma de la sencillez. Se ora usando un mantra (más comúnmente una palabra antigua, “Maranatha”, que significa “Ven Señor”) dos veces al día, durante 20 a 30 minutos. Eso es básicamente todo.

El hábito de la meditación cristiana durante los últimos 35 años me ha cambiado, haciéndome más generoso tanto con los demás como conmigo mismo.

Hay diferentes estaciones en la vida: cuando vivía con cuatro hijos, meditaba sólo una vez al día, subiendo a un armario alto, utilizado como capilla improvisada. Ahora que me he jubilado, la abundancia de tiempo en el que puedo practicar esta maravillosa forma de orar me llena de energía y alegría.

Las epifanías de este tipo son raras bendiciones en el desorden de la vida. Y son sólo el comienzo. Lo que viene después –el trabajo duro pero gratificante de mantener las prácticas espirituales– es lo que hace que el cambio no sea sólo una experiencia en la cima de una montaña, sino una que puedes llevar contigo a lo largo de cada estación y situación, hasta la muerte.

Clare Boyd-Macrae es una escritora de Melbourne.

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