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El Presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha vuelto a ser colocado en el centro de la controversia latinoamericana después de la aprobación expresa de una reforma constitucional que permite la selección presidencial indefinida, expande el mandato de cinco a seis años y elimina la segunda ronda electoral.
Antes de la aluvión de las críticas, Bukele ha respondido con un argumento que mezcla el orgullo nacional y las críticas del doble estándar internacional:
“Cuando un país pequeño y pobre como El Salvador intenta hacer lo mismo que los países desarrollados, de repente es el final de la democracia”, dijo en las redes sociales.
La velocidad con la que el Congreso, bajo el fuerte control del fallo, respaldó este cambio estructural solo profundiza la preocupación de organizaciones como Amnistía Internacional, Human Rights Watch (HRW) y la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA). Estas entidades no han dudado en calificar la medida como un “golpe mortal” para la democracia y la manipulación constitucional al servicio de las ambiciones de poder del presidente.
El argumento ejercido por Bukele no es nuevo: la acusación de la hipocresía occidental antes de los cambios de “los siguientes” tiene décadas sobre la mesa. Sin embargo, hay razones de peso para alarmar. El propio Bukele, quien llegó al poder en 2019 y logró la reelección en 2024 con un 85% de los votos, hoy tiene un control casi absoluto sobre todas las instituciones salvadoras.
La pregunta que queda en el aire es si la popularidad circunstancial, alta en gran parte por el éxito de su “guerra” contra las pandillas y el declive histórico del crimen, justifica la erosión de los contrapesos demócratas.
El presidente insiste en que el problema no es el sistema, sino que un país pequeño se atreve a ejercer su soberanía. Pero la democracia no se mide solo por la posibilidad de elegir y volver a elegir, sino también por la fuerza y la independencia de sus instituciones. Cuando el Congreso ya no limita al ejecutivo, cuando las reglas del juego cambian apresuradamente del poder, la democracia se convierte en una promesa vacía.
Autor
Paul Monzón
Editor de viajes del periodista digital desde sus orígenes. Actual editor del Suplemento de Viajeros.









