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Los misiles caen sobre Kyiv y el Echo llega a Roma. Giorgia meloni, primer ministro italiano, no dudó en condenar lo que describió como ataques rusos “tontos”, subrayando evidencia incómoda: Moscú no cree en el camino diplomático. Y la verdad es que, después de la enésima ola de violencia, afirmar lo contrario sería ingenuo.
La parte de las víctimas se estremece, 19 civiles, incluidos cuatro niños, y muestra lo que muchos prefieren minimizar: que en esta guerra la población civil se ha convertido en un escudo, víctima y mensaje. Dado esto, Meloni se recupera al único lenguaje posible en ese momento: solidaridad con los inocentes y la firme queja del agresor.
Paralelamente, el ministro de Relaciones Exteriores, Antonio Tajani, insistió en que Italia “está en el frente para una paz justa y duradera”. Sin embargo, aquí se abre la gran contradicción del discurso europeo: todos hablan de la paz, pero lo hacen en un contexto donde la guerra se intensifica y donde las negociaciones brillan por su ausencia. ¿Puede haber paz mientras uno de los actores se dedica a bombardear indiscriminadamente las ciudades e instituciones europeas?
Las declaraciones italianas están registradas en un gesto necesario: mostrar la unidad y el apoyo a Ucrania. Pero también expusieron la fragilidad de la diplomacia internacional, incapaces de detener una agresión que se extiende y se agrava. Meloni tiene razón, aunque su queja se repite como un eco estéril en cada nuevo ataque: hay un lado que no cree en el diálogo. Y mientras eso permanece, la palabra “paz” continuará siendo una utopía más que un objetivo.
Autor
Paul Monzón
Editor de viajes del periodista digital desde sus orígenes. Actual editor del Suplemento de Viajeros.