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El régimen de Nicolás Maduro ha encontrado en el despliegue militar de los Estados Unidos en las Aguas del Caribe el pretexto ideal para radicalizar su discurso y presentarse como víctima de una agresión inminente. El guión es tan antiguo como útil para su supervivencia: convertir el miedo en el motor de la resistencia y proteger su poder bajo la narrativa de la “defensa de la patria”.
El Ministro de Defensa, Vladimir Padrino López, que pesa una recompensa millonaria de Washington por presuntos vínculos con el tráfico de drogas, estaba a cargo de levantar el tono: advirtió que Venezuela “peleará” si un soldado estadounidense se atreve a tirar tierra venezuela. Un desafío retórico que suena más como propaganda que la estrategia militar.
No es accidente. Antes de una ciudadanía agotada debido a la crisis económica y al desmantelamiento institucional, Maduro necesita reinventar enemigos externos para justificar la perpetuación de su régimen. La movilización de más de 4,5 millones de milicianos y la exaltación del supuesto fervor patriótico tiene la intención de ocultar lo obvio: que el régimen ha sido sofocante libertades durante años y subsistir gracias a la represión, el control social y el oxígeno otorgado por los aliados como Rusia.
Por otro lado, la administración Trump, alineada con su política de mano dura contra el tráfico de drogas y en el pulso de reafirmar su influencia en América Latina, multiplica barcos, submarinos y marines en la región. Su narración oficial niega las intenciones de guerra y la reduce a una operación contra los carteles, pero la verdad es que el despliegue militar más grande en el Caribe desde la invasión de Panamá en 1989 no puede separarse de las tensiones políticas que Venezuela está pasando.
La comunidad de estados latinoamericanos y caribeños (CELAC) ha mostrado preocupación y exige prudencia. América Latina, proclamada “zona de paz”, no necesita más pólvora o discursos incendiarios. Porque mientras Caracas amplifica el miedo y las fuerzas de medidas de Washington, la verdadera víctima sigue siendo el pueblo venezolano: millones de ciudadanos atrapados entre escasez, sanciones y uso político del conflicto.
Maduro agita la batería de guerra para aferrarse al poder. Trump responde con músculo militar para exhibir autoridad. Ambas retroalimentación en una espiral peligrosa que puede reconfigurar los saldos geopolíticos en la región. La pregunta crucial es si América Latina mantendrá un espectador pasivo o si finalmente asumirá un papel activo para evitar que el continente deslice hacia un conflicto que solo beneficiaría a los extremos.
Autor
Paul Monzón
Editor de viajes del periodista digital desde sus orígenes. Actual editor del Suplemento de Viajeros.









