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La política española no otorga respiro ni siquiera en verano.
Cuando muchos ya soñaban con la rutina parlamentaria después de las vacaciones de verano, la mesa del Senado ha sacudido la junta institucional al comenzar el proceso para reemplazar a Cándido Conde-Pumpido y otros tres magistrados del Tribunal Constitucional.
Esta renovación, lejos de ser un mero procedimiento, abre una ventana de incertidumbre y maniobra política en un órgano que ha sido la piedra angular, o, según algunos, la “clave de bóveda”, de la arquitectura del poder de Pedro Sánchez.
La cámara alta debe renovar los cuatro magistrados que eligió en 2017 y cuyo mandato de nueve años expira a fines de 2025.
Entre ellos, el Presidente de la Corte, Conde-Pumpido; La izquierdista María Luisa Balaguer; y los conservadores Ricardo Enríquez y José María Macías.
La partida de estos miembros podría desestabilizar la mayoría actual de Sanchista (7 contra 5), recordando todo lo que la composición constitucional es mucho más que un problema técnico: es, en el fondo, un reflejo y un actor más en la batalla política nacional.
En resumen, el alivio en el constitucional promete emociones fuertes y, quién sabe, tal vez una sorpresa digna de un manual de ciencias políticas.
Si algo está claro es que, en España, incluso los magistrados se despiden de suspenso.
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En este momento, en la entrada del hotel de lujo en el que Sánchez se está quedando. 👇 https://t.co/hbxe2bb1wl pic.twitter.com/ur0qyhblrd
– hazteoir.org (@haztor) 29 de agosto de 2025
La era de la bomba: un magistrado entre el polvo de la carretera y el poder
Cándido Conde-Pumpid ha sido, durante años, mucho más que un simple jurista.
Su figura, siempre controvertida, ha trascendido el campo judicial para convertirse en un actor clave de la política contemporánea.
Desde que fue nombrado magistrado de lo constitucional en marzo de 2017, a la propuesta del Senado y con el respaldo de los socialistas y populares, y especialmente desde su elección como presidente en enero de 2023, su toga ha sido inevitablemente manchada por el “polvo del camino” de la vida política.
No es un secreto que, tanto con Rodríguez Zapatero (cuando se desempeñó como Fiscal General del Estado entre 2004 y 2011), como con Sánchez, su papel ha sido decisivo a favor del PSOE en momentos de alta tensión institucional.
Se ha cubierto a una gran corrupción.
Duro, técnicamente solvente y, según los detractores y los fanáticos, tan vanos como efectivos, ha sido el apoyo de las grandes maniobras del gobierno socialista, especialmente cuando la aritmética parlamentaria no acompañó o la sombra de la corrupción amenazó con nublar la historia oficial.
Es irónico-o, al parecer, casi poético, que las bombas de conteo se han encargado de enviar la carta al Senado para activar un proceso que concluirá con su relé. Anticipando los plazos habituales, el magistrado avanzó este año, consciente de la trascendencia del momento y el riesgo de que los saldos internos de lo constitucional se alteren irreversiblemente.
El proceso de renovación: acuerdos y relojes imposibles en progreso
Hoy, el 29 de agosto de 2025, se ha lanzado maquinaria política.
El Senado debe elegir a los nuevos magistrados para la mayoría de los tres quintos, lo que obliga a un acuerdo entre PP y PSOE. Un pacto que, en el clima de polarización actual, parece tan complicado como sea necesario. Los parlamentos autónomos ya preparan sus propuestas de candidatos, pero nadie espera una renovación expresa: la experiencia dicta que las negociaciones serán arduas y, con toda probabilidad, se retrasarán hasta que los populares y los socialistas encuentren un punto de reunión que no altere el status quo en exceso.
Con respecto a la presidencia, la ley establece que el nuevo presidente debe ser elegido entre los cuatro miembros más antiguos de la corte. Esta fórmula, aparentemente inocua, esconde una lucha de poder subterráneo: el sector que logra colocar a uno de los suyos en la presidencia podrá marcar la agenda constitucional durante los próximos años. No debemos olvidar que la última vez que se renovaron cuatro magistrados, el tribunal pasó de una mayoría conservadora a una progresiva, con todas las implicaciones que esto tuvo en la validación de las leyes clave promovidas por el gobierno.
Un tribunal constitucional en el centro de la tormenta
La constitucional, con sus 12 miembros designados por el Rey en la propuesta del Congreso, el Senado, el Gobierno y el Consejo General del Judicial, se renueva por tercios cada tres años. Esta cadencia, diseñada para garantizar la estabilidad, se ha utilizado en los últimos tiempos como un campo de batalla más en la guerra política nacional. No es accidente que la última reforma de la carrera judicial, recientemente aprobada, tenga acento de la transparencia y la integridad institucional, con esperanza, quizás ingenua, para proteger al poder judicial contra la interferencia política.
Con la partida de Conde-Pumpido y otros tres magistrados, la composición del tribunal podría cambiar de signo nuevamente. El equilibrio entre progresivo y conservadores, lejos de ser un tema meramente aritmético, determinará el futuro de las leyes como controvertidos como la amnistía, la reforma del Código Penal o la protección de los derechos fundamentales. Para muchos analistas, la constitucional ha sido la última presa de contención, o la última tabla de salvación, de un sistema político cada vez más tensador.
Consecuencias, incógnitas y alguna otra anécdota
Si algo ha enseñado la historia reciente, es que el verdadero poder en España no siempre se juega en el Congreso o en Moncloa, sino en las oficinas constitucionales. La partida de Conde-Pumpido, cuya toga ha visto más polvo que el camino que muchas botas de campaña, marca el final de una época y el comienzo de otro, con nuevas caras y, probablemente, nuevas estrategias de poder.
Algunas curiosidades del proceso: la tradición no escrita de que la presidencia y la vicepresidencia se distribuyen entre los bloques de la mayoría y las minorías saltaron por el aire en la última renovación, cuando ambos cargos cayeron al sector progresivo. Y todavía es sintomático que el propio Pumpido, siempre un paso por delante, haya sido quien activó su propio relé, consciente de que, en política, que se mueve primero, generalmente se aprovecha.