Más información
Dos años después de la investidura de Pedro Sánchez, la política española parece más un tablero de ajedrez en Waterloo que el reflejo de una nación cohesiva.
El esposo de Begoña, que vino prometiendo estabilidad y coexistencia, se ha visto obligado a negociar cada semana con una variedad de aliados tan diversos como impredecibles. El resultado: una legislatura de líneas rojas cruzadas y equilibrios tan frágiles que cualquier movimiento falso puede hacer que el castillo de las cartas caiga. En el medio, una miríada de escándalos de corrupción que salpican a su ejecutivo, su partido y su círculo íntimo.
En los pasillos del Congreso, el medio ambiente es una tensión permanente.
La oposición habla abiertamente de “marketing estatal” debido a los vergonzosos pactos que Sánchez tiene que aceptar, mientras que surgen voces críticas de PSOE que alerta a la deriva de la fiesta. Felipe González, ex presidente socialista, no ha dudado en calificar la amnistía de la “corrupción política” y el ataque directo al estado de derecho, una ruptura total con el legado que él mismo ayudó a forjar.
Amnistía: la grieta que no se cierra
El tema de la amnistía para los responsables de los proceds catalanes ha sido la gran fractura de esta legislatura. No solo ha causado una ola de indignación en el poder judicial y entre gran parte de la ciudadanía, sino que ha dividido el socialismo histórico mismo. Para González, la amnistía representa “pedir lo que han hecho” y abre la puerta a la normalización de la corrupción política. La medida, aprobada a cambio del apoyo de juntas y ERC a la investidura, ha significado un terremoto institucional real, con protestas de jueces, fiscales y asociaciones profesionales.
Consecuencias inmediatas: erosión del principio de igualdad ante la ley. Formación de discursos separatistas. Confianza en el sistema judicial.
Mientras tanto, los partidos de independencia han convertido a la amnistía en un primer paso hacia las nuevas demandas. A medida que algunos diputados irrumpieron, “la España de Sánchez termina siempre atravesando Waterloo o el ERC Central”.
Finanzas catalán y bilateralidad: asignaciones de facturas
El acuerdo para la creación de una hacienda catalana y el progreso hacia un modelo de relación bilateral con Cataluña y Euskadi han sido otras grandes monedas de la legislatura. La transferencia de competencias fiscales y la condonación de la deuda por valor de 15,000 millones de euros a Cataluña han generado una reacción en cadena: otras comunidades ahora exigen el mismo tratamiento, mientras que la oposición denuncia una queja comparativa insostenible.
Costo económico de las concesiones: 15,000 millones de euros de deuda con Cataluña. 1.600 millones para musgos y justicia catalán. 100 millones para el vasco digital. Milones en infraestructura para el país vasco, Navarra y Galicia.
El propio Bildu ha definido los acuerdos como “los mejor logrados en lo que llevamos a cabo de la legislatura”, y no han dudado en advertir que continuarán aprovechando la debilidad del ejecutivo para comenzar más concesiones.
El Congreso multilingüe y la geometría variable
Otra de las novedades de la era de Sánchez ha sido la introducción de idiomas coficiiales en el Congreso. Gallego, vasco y catalán ya resuenan en los debates parlamentarios, en un compromiso con la pluralidad que, para muchos, es solo un guiño a los nacionalismos que el gobierno apoya. La medida ha generado un entorno surrealista a veces, con traducciones simultáneas y varias confusiones, y ha sido utilizada por ERC y JUNS como un símbolo de “reconocimiento nacional”.
No menos relevante ha sido el avance hacia la bilateralidad en la relación con Euskadi y Cataluña. Los pactos presupuestarios y la negociación constante han convertido al gobierno central en rehenes a sus propios socios. Cada voto es un juego nuevo, y el margen de maniobra de PSOE es cada vez más estrecho.
Una legislatura sin una mayoría real: el naufragio del “frente progresivo”
La última gran crisis ha llegado con la derrota del decreto “Antiapages”, que buscaba extender la ayuda social y energética. Juntas y podemos, una vez socios esenciales, han retirado su apoyo, dejando a Sánchez en una minoría crónica. El PP, por otro lado, ha rechazado “ir al rescate del maestro de PSOE”, en palabras de sus portavoces, y se limita a observar cómo el ejecutivo sangra políticamente.
La situación parlamentaria actual es muy complicada para el ‘galgo de Paiporta’. El gobierno carece de una mayoría estable. Los frentes principales que tiene en el hemiciclo están juntos y podemos. Sus miembros de Frankenstein han optado por la distancia o la confrontación. Toda esta situación hace que la aprobación de las leyes dependa de una aritmética imposible de cada semana y eso lo obliga a aceptar todo el chantaje de sus conspiradores independientes, nacionalistas, etarras y golpes de golpes.
En este contexto, aquellos que hicieron el presidente de Sánchez no ocultan su estrategia: aproveche cada voto para “llevar los higadillos a él y a España”, ya que tienen irónicos de las juntas y ERC abiertamente. El presidente sobrevive con una concesión, mientras que la oposición y parte de su propio partido predicen el fin de la legislatura marcado por la debilidad y el desgaste.
Corrupción, escándalos y el papel de la oposición
La legislatura también ha sido salpicada por escándalos de corrupción que afectan directamente al PSOE y su entorno más cercano. La gestión de estos casos por Sánchez ha sido criticada con dureza incluso por antiguos aliados, que ven en la falta de autocrítica y transparencia un síntoma de agotamiento político. El episodio más reciente, la derrota en el Congreso del Decreto “Antiapagones”, ha puesto en el centro de atención al propio esposo de Begoña Gómez, cuya influencia y papel en el gobierno han sido objeto de una creciente controversia.
El partido popular, lejos de tomar su mano, ha endurecido su discurso y se niega a “ir al rescate” del ejecutivo. Para lo popular, el socialismo de Sánchez ha perdido cualquier indicio de centralidad y solo sobrevive gracias a la asignación constante a las minorías que, lejos de estabilizar el país, lo fragmentan aún más.









