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Alfredo Perdiguero desafía la sanción de la policía por su aparición en ‘Cuarto milenio’: “Van por mí”

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La Policía Nacional está nuevamente en el ojo del huracán. El subspector Alfredo Perdiguero, conocido tanto por su papel sindical como por sus intervenciones de los medios, se ha convertido en el protagonista de una controversia que combina procedimientos disciplinarios y libertad de expresión. The Trigger: su aparición como tercero en el programa de televisión ‘Cuarto milenio’, dirigido por Iker Jiménez.

A partir de hoy, el 3 de julio de 2025, la sanción impuesta a Perdiguero ha revivido un debate que ha sido latente en la policía durante años: ¿pueden sus miembros participar en debates públicos o medios sin poner en riesgo su carrera profesional? En esta ocasión, el castigo ha sido abrumador: 20 días de suspensión del empleo y salario. La resolución disciplinaria argumenta que el agente no solicitó el permiso obligatorio para intervenir como portavoz de comercio de televisión, algo que las regulaciones internas requieren garantizar la neutralidad institucional.

Lejos de cumplir con la decisión, Perdiguero ha presentado una queja contra el Director General de la Policía, Francisco Pardo Piqueras, y contra el instructor de archivo, acusándolos de presunta prevaricación administrativa. Según la demanda, el archivo responde a una “animosión personal e injustificada” y constituye “una violación muy grave de los principios básicos de un estado social y democrático”.

El portavoz de la alternativa de la Unión de Policía (ASP) no ha mordido la lengua: “Me van por mí”, dijo antes de los medios después de conocer la sanción. Según su historia, ya acumula 23 delitos graves, todos relacionados con declaraciones públicas y ninguna con problemas operativos o disciplinarios estrictos. Aquí radica parte del problema: ¿persigue a la policía o al personaje de los medios?

“Este archivo es una violación muy grave de los principios básicos de un estado social y democrático (…) que un agente nunca había sido sancionado por ir a un medio como portavoz de sindicato”, advierte.

Libertad de expresión versus control institucional

«Primero presentamos una advertencia de recursos de reemplazo de la irregularidad que se estaba cometiendo, pero no obtuvimos una respuesta. Ante ese silencio, ya no nos hemos ido para ir a la corte para que sea la ruta polémica la que se resuelve ».

La confrontación entre Perdiguero y la Dirección General de la Policía no es un episodio aislado. En los últimos años, varios sindicatos policiales han denunciado lo que consideran un endurecimiento del régimen disciplinario con respecto a las apariciones públicas de los agentes. La participación en los medios generalmente está condicionada a autorizaciones anteriores, especialmente cuando se trata de problemas delicados o investigación en curso.

Sin embargo, hay un origen ideológico y político que no es insignificante. Algunos sectores consideran que estas sanciones buscan silenciar las voces incómodas dentro del cuerpo mismo. No es ningún secreto que Perdiguero ha sido crítico con ciertas políticas gubernamentales y la gestión interna de los recursos humanos en la Policía Nacional.

“Me van por mí. Esto no es una culpa, es un castigo personal. Es emitir la ley dentro del cuerpo y aplicarla a voluntad. Si somos policías, debemos ser los primeros en cumplir con la ley, no torcerla según lo acordado”.

La queja presentada por Perdiguero podría marcar un antes y después si prospera judicialmente. En este momento, el tribunal aún no ha declarado la posible comisión del delito de prevaricación administrativa por parte del director general u otras acusaciones relacionadas con la revelación de los secretos.

Para la Policía Nacional, este caso es un delicado equilibrio entre preservar la disciplina interna y evitar ser percibido como una institución opaca o excesivamente restrictiva con las opiniones personales de sus miembros. Para Perdiguero, además del impacto económico inmediato (20 días sin empleo o salario), su proyección sindical y de medios está en juego.

Paralelamente, este asunto se ha convertido en municiones para el debate público sobre los límites de la libertad de expresión en los funcionarios públicos. ¿Debería prevalecer la imagen institucional sobre el derecho individual a comentar? ¿Son las redes sociales y los establecimientos una extensión legítima del activismo sindical?

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