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Realismo, poder y tragedia: Mearsheimer disecciona el calle muerto de Tel Aviv

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MADRID – John J. Mearsheimer es, sin duda, la voz más influyente en la teoría realista contemporánea en las relaciones internacionales. Profesor de la Universidad de Chicago y arquitecto de la llamada teoría del “realismo ofensivo”, argumenta que el sistema internacional, que carece de una autoridad supranacional efectiva, impide que los estados en una competencia inevitable y brutal por el poder.

En su opinión, la política internacional no es, y no puede ser, un reino gobernado por ideales o normas abstractas, sino un tablero de ajedrez donde los intereses estratégicos, la seguridad y la supervivencia determinan las acciones de los actores estatales.

Esta perspectiva, junto con su dura autocrítica de la política exterior estadounidense, lo ha convertido en una figura controvertida, especialmente debido a su fuerte interrogatorio del papel de Israel en la región y la complicidad de Washington en la tragedia palestina. La reciente entrevista de Mearsheimer con Tucker Carlson, junto con los recientes debates públicos, conferencias y ensayos, repensan la herida aún sangrante de Asia Occidental y obliga a un cálculo incómodo con las causas reales y las consecuencias de la geopolítica regional.

Israel: estrategia expansionista, lógica de poder e falla estructural

Para Mearsheimer, la estrategia de Israel sigue una lógica despiadada: maximizar la potencia a cualquier costo y neutralizar cualquier amenaza para el dominio regional de Tel Aviv. Según su diagnóstico, el proyecto sionista se basa en cuatro pilares: expansión territorial, la expulsión sistemática de los palestinos, la desestabilización activa de los estados vecinos y la obtención de un respaldo militar, político y diplomático ilimitado de los Estados Unidos.

Desde su inicio, los líderes israelíes, Mearsheimer explica, han seguido una política que fusiona la fuerza militar abrumadora con una demanda intransigente de lealtad de Washington. Las campañas militares en Gaza e intervenciones en el Líbano y Siria, se alinean con el objetivo más amplio de consolidar el poder israelí al desmantelar todas las formas de resistencia organizada.

El reciente asalto a Gaza, descrito sin rodeos por Mearsheimer como “genocidio”, sigue la premisa de larga data de que solo la violencia masiva, o la amenaza de exterminio, puede lograr la expulsión definitiva de la población palestina que continúa resistiendo. Según el realista, Israel nunca ha tratado de matar a todos los palestinos, sino hacer que la vida sea tan insoportable que sean obligados a exiliarse, una política gradual de “limpieza étnica” justificada a través de la retórica de la seguridad nacional.

Este plan, enfatiza, siempre se ejecuta bajo la “protección” estadounidense, que bloquea la condena internacional y garantiza la impunidad de Israel a pesar de las violaciones flagrantes del derecho internacional. Por lo tanto, Washington, en palabras de Mearsheimer, abandonó sus propios intereses nacionales a favor de una política exterior de “primera primera” de Israel, impulsada por el poderoso lobby pro-Israel.

Desestabilización regional como doctrina: Siria, Irán y el espejismo kurdo

El análisis de Mearsheimer va más allá del binario Israel -Palestina y profundiza en el alcance regional de la estrategia israelí. Un componente clave de esta estrategia, argumenta, ha sido la erosión sistemática de la integridad de los estados vecinos, especialmente Siria e Irán. Mearsheimer afirma claramente que Israel rara vez se ha conformado con un mero “cambio de régimen” en Teherán o Damasco. Su objetivo subyacente, disfrazado de argumentos de autodefensa, ha sido promover la balcanización de sus rivales: fragmentar a Irán y Siria en entidades competidoras incapaces de desafiar la primacía israelí.

Siria sirvió como laboratorio para este enfoque: intervenciones abiertas y encubiertas que sembran el caos y convirtieron al país en un mosaico de enclaves en guerra. En el caso iraní, la obsesión de Tel Aviv se centra en explotar fallas étnicas y apoyar los movimientos separatistas, como el “proyecto kurdo”, para debilitar a los actores regionales clave y someterlos, directa o indirectamente, a la influencia.

Estos planes están encorvados en el lenguaje de la autodefensa y el contraterrorismo, pero para Mearsheimer, encarnan un proyecto más amplio de reingeniería geopolítica impulsada por la ambición hegemónica en lugar de las necesidades de supervivencia genuinas. La paradoja es clara: en su búsqueda de seguridad absoluta, Israel siembra sistemáticamente las semillas de su propia inseguridad perpetuando conflictos no resueltos en su entorno inmediato.

Irán: actor racional, resistencia estratégica y el dilema nuclear

Si bien los medios occidentales generalmente retratan a Irán como una fuente de inestabilidad y oscurantismo, la lente realista de Mearsheimer fomenta una lectura diferente. Irán, argumenta, no es irracional ni suicida, sino más bien un estado que responde a la presión existencial con políticas de disuasión y resistencia.

Lejos de buscar la destrucción total de Israel, el gobierno iraní prioriza la supervivencia, la soberanía nacional y el mantenimiento de una esfera de influencia legítima en medio de la creciente hostilidad. Las respuestas militares de Teherán, atacadas, calculadas y centradas en los objetivos militares, demuestran, en opinión del politólogo, una sofisticación estratégica que desafía los clichés habituales. En la práctica, es Irán el que actúa como el contrapeso esencial para los excesos israelíes y evita que la región caiga bajo una pax israeliana forzada.

La obsesión de Israel con evitar que Irán adquiera capacidades nucleares, a cualquier costo, es, según Mearsheimer, un reflejo de su negativa a aceptar cualquier equilibrio regional de poder. La participación de los Estados Unidos en la estrategia de contención y sanción solo tiene posiciones arraigadas. Hoy, la perspectiva de un “gran trato” es más distante que nunca, el resultado de una política que rechaza tanto el pragmatismo como el mínimo de coexistencia.

El papel de los Estados Unidos: complicidad, impotencia y colapso moral

Mearsheimer dibuja un retrato inquebrantable de la política estadounidense en Asia occidental. Su acusación es contundente: Washington, seducida por un atlantismo equivocado y presionado por el lobby pro-Israel, ha renunciado a su supuesto papel como un poder imparcial y, en cambio, se ha convertido en un cómplice dispuesto en la tragedia desarrollada de la región.

Estados Unidos sirve como garantía militar, financiera y política de la agenda de Israel, pero a un costo enorme: la erosión de la autoridad moral, el desacreditamiento a los ojos de las sociedades musulmanas y la exposición constante de sus soldados, diplomáticos e intereses a un conflicto que ha inflamado en sí mismo. Con cada asalto a Gaza o Líbano, con cada acto de sabotaje contra Irán, la hostilidad antiamericana se profundiza y la capacidad de diálogo de Washington se reduce.

A nivel nacional, esta alineación ha producido un consenso sofocante donde la disidencia se califica de traición y la política exterior se subordina a las agendas externas en lugar de moldear por el interés nacional. La instrumentalización de la política de los Estados Unidos por grupos de interés específicos, especialmente el lobby pro-Israel, ha hipotecado efectivamente la iniciativa estadounidense y ha socavado su posición global en un momento en que los rivales estratégicos como China y Rusia están aumentando.

Consecuencias y perspectivas: colapso estratégico y el calle muerto de Israel

El diagnóstico no permite espacio para las ilusiones. Según Mearsheimer, Israel ahora enfrenta un callejón sin salida. Cada vector de su estrategia muestra grietas profundas e irreparables: agotamiento militar y moral en Gaza; una incapacidad para derrotar a Hamas o contener a Hezbolá; el riesgo de una guerra prolongada con Irán, cuyas consecuencias podrían ser desastrosas incluso para un régimen tan militarizado como Israel; y fracturas internas que empujan a la sociedad israelí al borde de la “Guerra Civil”.

La dependencia estructural de Israel de Estados Unidos, por recursos, legitimidad y cobertura diplomática, destaca la verdadera vulnerabilidad del régimen, sin importar cuánto su imagen continúe asociada con la fuerza y la resistencia. Sin el apoyo de los Estados Unidos, advierte Mearsheimer, Israel lucharía para mantener su proyecto a mediano plazo.

El doble estándar practicado por Occidente, especialmente por Europa y Estados Unidos, en su apoyo incondicional a Israel ha destruido puentes con socios potenciales y ha debilitado todas las perspectivas para un diálogo equilibrado y duradero. El costo es incalculable, tanto en la vida humana como en la legitimidad geopolítica.

El imperativo de la autocrítica y la necesidad de un nuevo enfoque

El análisis de Mearsheimer exige una reevaluación radical de supuestos de larga data. El régimen israelí se ha convertido en un camino expansionista, militarista y profundamente destructivo, con consecuencias que ahora amenazan la estabilidad global. Estados Unidos comparte la responsabilidad de esta trayectoria, tanto a través de la acción como a la inacción, y su continua negación del conflicto real solo empuja a la región más cerca de un abismo irreversible.

Para detener la escalada, es urgente reconocer las raíces políticas de la crisis y abrir el camino para las negociaciones en las que tanto Irán como los palestinos son tratados como actores legítimos. Las declaraciones oficiales y el silencio diplomático ya no son suficientes. Solo la presión internacional, la honestidad periodística y el coraje político pueden evitar la catástrofe y ofrecer una salida ante el oeste de Asia, y con él, el mundo más amplio, paga el precio final por el autoengaño colectivo.

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