Roberto Espiro Mitar la obligó a vender productos en la calle y tener relaciones sexuales sin su consentimiento. Fue sentenciado a 9 años de cárcel. Sucedió en San Juan.
Un hombre de la comunidad gitana fue sentenciado a 9 años de prisión en San Juan por tener sexual y trabajo a una mujer con discapacidades intelectuales, a quien mantuvo durante dos meses en una situación de servidumbre. El Tribunal Oral Federal también impuso el pago de una compensación de 4 millones de pesos a la víctima.
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La convicción, Roberto Esppiro Mitar, fue declarado culpable de trata de personas, explotación sexual y laboral, y sindicato forzado. Según la investigación, en enero de 2023, el hombre “compró” a la mujer a otra familia de la comunidad gitana, y desde entonces la obligó a hacer la venta de la calle y tener relaciones sexuales sin su consentimiento.
La joven fue rescatada en marzo del mismo año, después de escapar mientras vendía hilos y medias en la calle. En su declaración ante Justice, dijo que fue monitoreado constantemente, que todo el dinero que generó debía ser entregado a la familia del acusado y que no podía decidir sobre su cuerpo o su vida.
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Durante el juicio, se demostró que Mitar no solo la obligó a mantener las relaciones sexuales, sino que también la llevó a una sala médica cerca de su casa para eliminar el chip anticonceptivo, con el objetivo de obligar a su reproducción. Para la oficina del fiscal, este fue un claro ejemplo de violencia sexual y contra la libertad reproductiva, enmarcada en la ley 26,485 de protección integral a las mujeres.
Después de su queja, la familia del acusado, con la ayuda del abogado defensor, localizó a la víctima en la provincia de San Luis y la llevó a un escriba para firmar una declaración en la que renunció a todo lo que le había dicho. Ese documento fue presentado en el Juez Federal de San Juan como evidencia a favor del acusado, pero luego la mujer explicó que había sido amenazada y obligada a firmarlo.
La Cámara de Apelaciones Federal de Mendoza ordenó que se tomara una nueva declaración en la Cámara de Gesell. Dentro de ese marco, la joven ratificó los abusos y dijo que la habían obligado a mentir “para que él recupere la libertad”. Ese intento de cobertura resultó en un nuevo caso penal contra aquellos que lo presionaron.
La oración y el papel de la cultura gitana
El juez Daniel Doffo enfatizó que la víctima pasó por una situación de vulnerabilidad extrema: no tenía redes familiares ni contención estatal, y presentó un bajo nivel intelectual. Eso, agregado a las amenazas, lo hizo posible que fuera sometido durante semanas sin que nadie ayudara, explicado en su fracaso.
También enfatizó que los eventos ocurrieron en un contexto en el que los “elementos culturales de la comunidad gitana” se utilizaron como justificación para la violencia. “El respeto por la diversidad cultural encuentra su límite cuando entra en colisión con derechos fundamentales, como la integridad de las mujeres”, advirtió el magistrado.
Además de la prisión, el tribunal ordenó el pago de una reparación económica de 4 millones de pesos. La cifra se calculó con la ayuda de la Secretaría para la identificación financiera y la recuperación de activos ilícitos (SIFRAI), y contempla el daño económico, moral y psicológico sufrido por la víctima.
El Tribunal también ordenó que la joven sea informada sobre cualquier beneficio penitenciario que la persona condenada pueda solicitar en el futuro, como transitorio o libertad condicional. Y ordenó que fuera acompañado por el Centro Nacional de Asistencia a las Víctimas de Delitos (Cenavid).
Durante el juicio, el fiscal Fernando Alcaraz advirtió a la defensa por su “falta de perspectiva de género” y por haber usado estereotipos para deslegitimar a la víctima. El juez coincidió con el enfoque y consideró que esta actitud “solo profundizó el contexto de la violencia” dentro del proceso judicial.









