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“Pajarito” Suárez Mason: el feroz “carnicero” que dijo que la dictadura debería haber “legalizado la tortura”

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El 21 de junio de 2005, en una cama del Hospital Militar Central de Buenos Aires, el corazón de Carlos Guillermo Suárez Mason dejó de latir. Un paro cardíaco, después de una hemorragia digestiva, terminó la vida de quién fue uno de los engranajes más siniestros de la última dictadura militar argentina (1976-1983).

Conocido como “Pajarito” entre sus camaradas y “el carnicero de Olimpo” para sus víctimas, Suárez Mason no era solo un general de división; Fue uno de los cerebros detrás de una maquinaria de represión que dejó a miles de vidas desaparecidas, torturadas y destruidas.

Hoy, dos décadas de su muerte, su sombra todavía pesa memoria colectiva, como un eco de los años más oscuros de Argentina.

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Nacido el 24 de enero de 1924 en Buenos Aires, Suárez Mason era hijo de la élite militar. Ingresó al Colegio Militar de la Nación en 1942 y se graduó en 1944 como anfitrión de caballería, en la misma promoción que los futuros dictadores como Jorge Rafael Videla y Roberto Viola.

Desde una edad temprana, su carisma y ambición se destacaron, aunque también su falta de escrúpulos. Se dijo que tenía un magnetismo peculiar, capaz de seducir a mujeres influyentes para escalar posiciones, mientras ignoraba a los niños que, según los rumores, se fueron en el camino.

En 1951 dio su primer paso “político”, participando en el intento fallido de golpe contra Juan Domingo Perón, lo que lo obligó a exiliar en Uruguay. Pero su lealtad al antiperonismo lo catapultó después del derrocamiento de Perón en 1955, y fue recibido con honores en Buenos Aires.

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Durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970), sirvió como agregado militar en Ecuador. Allí aprendió todos los sistemas de represión de la escuela francesa, que luego usaría en su “lucha contra la subversión”. En 1972 ya era un general clave en los círculos de inteligencia militar. Su carrera no era la de un simple soldado: Suárez Mason se mudó a las sombras, tejió redes de energía que lo llevarían a convertirse en un pilar de terror del estado.

“Pajarito” Suárez Mason: “En la guerra no hay excesos”

El 24 de marzo de 1976, cuando los tanques tomaron las calles para derrocar a Isabel Perón, Suárez Mason estaba listo para asumir su papel estrella. Como comandante del primer Cuerpo del Ejército, basado en el cuartel Palermo, la provincia de Buenos Aires, el epicentro de represión, tenía bajo su control.

A partir de ahí, orquestó la operación de más de 60 centros de detención clandestina, incluidos Orletti Automotive, Banfield’s Well, el Cacha y el Olimpo, este último es su sello más infame.

También supervisó al temido jefe de la policía de Buenos Aires, los campamentos de Ramón y el Batallón de Inteligencia 601, una unidad dedicada exclusivamente a secuestros, extorsión y asesinatos.

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“No era suave. No pedí a nadie que disparara. Algunos de nosotros los eliminamos. Eso es más o menos claro”, dijo News Magazine, en una de sus pocas entrevistas. Se estima que más de 8,000 personas desaparecieron bajo su mando, muchas arrojadas al río de la Plata desde aviones, drogados pero conscientes.

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Su frialdad era legendaria: “En la guerra no hay excesos. La guerra es un juego donde el más violento gana”, dijo en esa misma entrevista.

Pero Suárez Mason no era solo un albacea. Financió la revista ultra derecho “Cabildo”, conocida por su emitismo anti -semitismo, y apoyó las operaciones internacionales, como el “golpe de cocaína” en Bolivia en 1980 y la capacitación de las contras nicaraguales en una base de la CIA en Florida.

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También fue acusado de desviar fondos de depósitos de petróleo fiscal (YPF), donde fue presidente entre 1981 y 1983, causando una pérdida récord de 6,000 millones de dólares. Parte de ese dinero, según las investigaciones, se canalizó a través de la compañía ficticia Sol Petroleo para financiar las operaciones de inteligencia y la Logia Masónica P2, de la cual era miembro, como otros militares como Emilio Eduardo Massera y Juan Domingo Perón.

El escape y el atardecer de Suárez Mason

Con el regreso de la democracia en 1983, Suárez Mason huyó a Miami con un pasaporte falso, en un intento de dejar atrás un país que comenzó a desenterrar sus crímenes. Pero su escape no duró.

En enero de 1987, Carlos Guillermo Suárez Mason fue arrestado por Interpol en una casa suburbana en Foster City, al sur de San Francisco. El arresto, que ocurrió en el cumpleaños número 63, no fue el resultado del azar, sino del agotamiento de una red de protección que comenzó a deshilacharse.

Sobre él sopesó una solicitud de captura internacional solicitada por la justicia argentina, que lo requirió para 43 homicidios, 24 casos de privación ilegítima de libertad y una posición de falsificación de un documento público. El ex comandante del Cuerpo del Ejército I, acostumbrado a moverse con inmunidad, quedó de repente atrapado por la legalidad que había tratado de esquivar.

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El proceso de extradición, autorizado por los tribunales de los Estados Unidos, se basó en un conjunto de pruebas que excedieron los delitos individuales. Lo que se emitió fue la existencia de un sistema de control clandestino basado en órdenes verbales que, según los fiscales, Suárez Mason enseñó a organizar la represión de las sombras.

En 1988 fue transferido a Buenos Aires para ser juzgado. Pero, dos años después, el clima político había cambiado: el presidente Carlos Menem, en nombre de la reconciliación nacional, le otorgó el perdón. Por lo tanto, el regreso al país se convirtió, paradójicamente en una forma de evasión judicial.

La armadura no duró. En 1998, la Corte Suprema de Justicia de la Nación reinterpretó el alcance de los indultos: resolvió que la apropiación de menores nacidos en los centros clandestinos no estaba cubierta por el perdón presidencial o por las leyes del punto final y la debida obediencia. La reapertura judicial lo alcanzó nuevamente.

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Fue procesado con detención preventiva y, dada su edad, obtuvo el beneficio del arresto domiciliario. Pero su provocación fue tan frontal como imprudente: organizó un asado de cumpleaños en la sede del Argentinos Juniors Club, donde había sido un líder. La transgresión selló su destino. Justice revocó su arresto domiciliario y Suárez Mason regresó a una celda en la prisión de Villa Devoto.

En 1999, en medio de un juicio por la apropiación de una docena de hijos de desaparecido, deslizó una revelación llena de implicaciones institucionales: le dijo al ex ministro del interior, Albano Harguindeguy, como el custodio de las listas de detenidos en el marco de la “lucha anti -sumergida”. Un hecho que enfatizó la línea de mando entre el ejército y el poder civil de la dictadura.

Durante ese proceso, también trató de demarcar su responsabilidad con respecto a los “campamentos de circuito” llamados SO, una red de centros clandestinos administrados por la policía de Buenos Aires. Afirmó que las fuerzas policiales no estaban bajo su jurisdicción directa. Era una estrategia de disociación administrativa, destinada a difuminar la cadena de control en un esquema diseñado, precisamente para operar en el subsuelo del estado.

En 2003 fue sentenciado a tres años y medio de prisión por la disculpa del crimen y la violación de la ley antiscriminación. La condena derivada de la entrevista publicada años antes, en la que había declarado que los responsables de la “lucha del terrorismo” deberían haber “legalizado la tortura” y confesó tener “prevención” hacia la comunidad judía. La convicción ideológica estaba intacta, y también la lógica represiva que la había definido.

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La dimensión internacional de sus crímenes también comenzó a afectar. España, Italia y Alemania reclamaron su extradición por la desaparición y la tortura de los ciudadanos de esos países. En 2004, fue juzgado en ausencia de la justicia italiana. La sentencia estaba abrumada: cadena perpetua por el asesinato de ocho ciudadanos értalo-argentina. Su nombre fue nuevamente pronunciado en los tribunales extranjeros como un símbolo de una represión con ramificaciones globales.

En junio de 2005, su deterioro físico ya era evidente. Pasantía en la prisión de Devoto, recibió tratamiento cardíaco en el hospital militar. La rutina fue interrumpida por sangrado intestinal. Fue operado con urgencia. No se resistió. El 21 de junio, a la edad de 81 años, Suárez Mason murió mientras esperaba el juicio por docenas de secuestros, asesinatos y la apropiación sistemática de menores. Como en el caso de otros genocidios, Little Bird también llevó muchos secretos a la tumba. Era el final de una biografía, pero no de la historia.

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