Varios cambios estructurales han cruzado el corazón de la sociedad argentina como una daga. Los ocurridos en el mundo del trabajo son, seguramente, los más significativos y profundos. Las transformaciones cuantitativas fueron importantes: en los últimos 15 años, el poder adquisitivo del salario ha sido lesionado en la muerte en casi todas las categorías de trabajadores.
Al mismo tiempo, la categoría clásica, los empleados, son cada vez menos y monotritas (categoría difusa Si hay) cada vez más, la mitad de los que trabajan lo hacen en informalidad, aparte de toda la cobertura social, toda la ley laboral y toda estabilidad, el 65% no cubre las necesidades básicas de una familia tipo y la participación en el GDP fue notablemente reducida.
Sin embargo, las transformaciones cualitativas fueron, aunque parece una mentira, incluso más decisivas que las anteriores. Sucede que el trabajo ya no significa lo mismo. El lugar elevado que ocupó durante la Sociedad Industrial del siglo XX, como organizador y articulador de jerarquías e identidades sociales, ya no existe como tal.
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Ya no es la institución de cohesión que se integró en el seno de la sociedad argentina millones de diferentes sectores y clases sociales, basada en condiciones de vida similares. Más allá del deterioro a través de los ingresos, su atributo de mortero con el que se han pegado los ladrillos de la estructura social han perdido el poder adhesivo en lugar de comprar y grietas, aunque no ha desaparecido por completo.
El lugar elevado que el trabajo realizó durante la Sociedad Industrial del siglo XX, como organizador y articulador de jerarquías e identidades sociales, ya no existe como tal “
En términos sociológicos, se ha invertido la situación: desde una estructura piramidal más o menos homogénea en su base y heterogénea en su punta, pasamos a una pirámide heterogénea en su base y relativamente más homogénea en la punta.
En esta nueva estructura caracterizada por la fragmentación de la base es que el teléfono, las redes sociales, el odio y la deshumanización de los discursos, las nuevas identidades, los criterios estéticos, las nuevas formas de comunicación (incluida la política) y la nueva dinámica de la relación se implementan. Del mismo modo, es sobre esta base que se retraen los lazos tradicionales de solidaridad social de los sectores populares.
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Todavía no han surgido del sector público o privado, instituciones adecuadas o redes sociales que pueden asumir con cierto grado de éxito la tarea de inclusión e integración social que anteriormente hizo el trabajo sobre el trabajador.
Para esto, una primera recomposición real de las condiciones materiales pospuestas de los trabajadores en las que las nuevas herramientas que tienden a la idealización de una vida pasada a la que no es posible o quizás deseable regresar, sino a la cierta posibilidad de un futuro más equitativo y de apoyo, con nuevos materiales y constructores, si es necesario.
Las esperanzas colectivas de millones de trabajadores permanecerán en disputa hasta que esto se resuelva. En términos electorales y de representación, este gobierno no puede capitalizar políticamente estas esperanzas utilizando las mismas estrategias de comunicación con las que llegó al poder.
Si funcionó en ese momento, ya no produce el mismo resultado porque su posición relativa no es lo mismo que asumir, sino, sobre todo, porque la mejora en las condiciones materiales de los trabajadores de los trabajadores aún no es visible para sus ojos, los trabajadores y mujeres no los ven.









