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La era de las batallas inútiles

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El intento de imponer a dos jueces en la Corte Suprema no le dará al gobierno ningún ingreso político o electoral.

Por Ignacio Miri, en Diario Clarín
En su primer mandato largo, Javier Milei declaró docenas de batallas. Es una lista muy larga, solo accesible a través de un duro estudio de las publicaciones de la cuenta Presidencial X. Aun así, con el riesgo de dejar algunos cabos sueltos, se pueden agrupar en dos grandes categorías.

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Algunos anuncios, algunos proyectos de ley, algunas decisiones administrativas, permitieron al presidente llevar a cabo cambios que él considera necesarios para dirigir las variables económicas donde cree que deben ir o implementar reformas que él cree indispensables. Son las peleas que cualquier gobierno da.

Otras escaramuzas, e incluso algunas que terminaron en la derrota, se iniciaron bajo una premisa que el gobierno considera Central: ajustarse a la opinión pública. En estos casos, el mero hecho de llevar el escudo y la lanza sirvió al presidente para mostrarse ante su electorado como anti -riga. Se perdieron en ese momento, pero sirvieron avances por la libertad para mejorar sus posibilidades para el año electoral.

Y luego está la guerrita que el gobierno quería dar para imponer a dos miembros de la Corte Suprema, primero enviando las especificaciones al Senado sin tratar de abrir ninguna negociación sería con los bloques de mayoría y luego nombrar a Ariel Lajo y Manuel García Mansilla por decreto de la comisión. Esta última decisión se implementó tan mal que la primera ni siquiera asumió en esa posición porque prefería mantener su lugar en Comodoro Py y el segundo solo podría disfrutar de unas pocas semanas en la corte más importante del país antes de ser enterrado por una Carrada de votos en contra.

¿Por qué debería separarse esta última iniciativa de los demás que dio el gobierno? Porque fue una pelea que no logró su objetivo y que no generará ningún ingreso político del presidente. No habrá personas indignadas por la caída de las hojas de Lijo y García Mansilla y, por el contrario, habrá una oposición que podrá decir que en este caso jugó para defender la institucionalidad.

Es imposible saber hoy si el gobierno renunciará para dejar vacantes en los tribunales o si abrirá una negociación con la oposición para ocuparlos, un diálogo que también podría incluir otros cientos de nombramientos en el poder judicial.

Lo único que salva al gobierno de Papelón completo es que la fuerza principal de la oposición, el kirchnerismo, también se embarca en una batalla incomprensible y con ingresos imposibles en la provincia de Buenos Aires.

Cristina Kirchner y Axel Kicillof, no lo son, no tienen diferencias ideológicas, programáticas y visibles. A pesar de eso, han estado subiendo para una pelea que solo les interesa dos y los cuatro o cinco miembros de sus entornos íntimos siempre elevados y que busca resolver a quién de los dos comandos.

Por alguna razón que se desconoce, Kicillof esperaba que Cristina se retirara de la política y le diera el mandato del kirchnerismo. El ex presidente, a su vez, consideró, contra toda la lógica, que Kicillof está dispuesto a ser candidato para la Casa Rosada con un esquema similar al que entronizó a Alberto Fernández. Como todos imaginaron, las dos afirmaciones estaban equivocadas.