Axel Kesler*, Iael Spatola
Hoy 21:22
CONICET se ha convertido en el objetivo de una política de financiación que afecta directamente a uno de los pilares estratégicos del desarrollo nacional. Según las condiciones de trabajo y trabajo de Indec y Ciicti, en los últimos dos años, más de 4100 profesionales en el sistema científico, los ingresos estaban paralizados, los salarios se paralizaban, el 34.7%se redujeron y hay una alarmante falta de aportes, mantenimiento y condiciones de trabajo básicas. La lista continúa. Si consideramos la “fuga cerebral” que esto genera, es confuso cómo quiere hacer que la nación “desperdicie todos los recursos que el sistema educativo invirtió durante años.
Esta situación no es nueva. Es parte de una estrategia ya conocida: deslegitimar lo que funciona bien en la esfera pública para justificar su reemplazo de alternativas orientadas a ganancias privadas, como ya se sugirió en algunas propuestas que circulan. Bajo el discurso de “eficiencia”, queremos debilitar las estructuras clave para los intereses nacionales.
Un investigador de Conicet viaja un camino de alta demanda: soltero, maestro, doctorado, tesis evaluada por jurados especializados, publicaciones en revistas científicas internacionales, pertenecientes a equipos de investigación consolidados y una evaluación final ante una comisión experta “
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Conicet se encuentra entre los organismos científicos mejor valorados del mundo. Sus contribuciones han sido fundamentales para el país: desde la primera vacuna argentina contra el dengue, el desarrollo del suero hiperimmune anti-covid-19 y la investigación social y tecnológica clave durante la pandemia, hasta estudios sobre transición de litio y energía, inteligencia artificial y ética, o proyectos orientados a la soberanía alimentaria.
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CONICET no solo produce conocimiento de excelencia, sino que también lo coloca al servicio de desafíos estratégicos. La soberanía científica es importante para el desarrollo de un país y esto está claro incluso a los países que son tomados como “modelo” por los sectores que hoy promueven estos recortes: Estados Unidos, Alemania y Francia son solo algunos ejemplos de países que tienen sistemas de investigación pública sólidos financiados por el estado.
Otro de los argumentos más repetidos para justificar el vaciado es la supuesta falta de rigor del organismo. Sin embargo, esta acusación carece de sustento y contradice los mecanismos estrictos de ingresos, evaluación y permanencia que rigen el funcionamiento del sistema. Como se sintetizó recientemente, el historiador Ezequiel Adamovsky, convertirse en investigador en Conicet implica un camino de muy alta demanda: grado, dominio, doctorado, tesis evaluada por jurados especializados, publicaciones en revistas científicas internacionales, pertenecientes a equipos de investigación consolidados y una evaluación final de una comisión experta. Todo esto significa haber ido entre 60 y 90 exámenes evaluados por múltiples maestros.
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Esa demanda no termina al ingresar. Los investigadores de CONICET se evalúan periódicamente de acuerdo con sus objetivos laborales, con mecanismos de auditoría que garantizan la transparencia y la revisión constante. En un país desigual como Argentina, el camino a la investigación científica requiere no solo mérito y vocación personal, sino también condiciones sociales que lo hacen posible: acceso a una buena educación, estabilidad económica, redes de apoyo y políticas públicas que respalden esos viajes.
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Es por eso que es especialmente contradictorio que de los sectores que vuelan el mérito como una bandera, se promueve el desmantelamiento de una institución que encarna, precisamente, el esfuerzo sostenido, el conocimiento riguroso y el compromiso con el desarrollo nacional.
Si bien se promueven mensajes que desalientan la educación superior e intensifican los despidos de los trabajadores estatales, incluso cuando el “desempeño” en la evidencia del estado ha sido en su mayoría satisfactorio, los espacios de excelencia como el conicet se debilitan. Lo que se busca es una sociedad cada vez más pasiva y disciplinada frente a la destrucción de lo que cuestan años para construir.
Vaciar el sistema científico nacional está intentando en contra de décadas de inversión pública, esfuerzo personal y logros colectivos. Es poner en riesgo el presente y el futuro de un país que necesite más conocimiento.
No se trata de idealizar o negar los desafíos que enfrenta el sistema científico argentino, sino de reconocer lo que funciona y mejorar. La ciencia nacional debe estar al servicio del desarrollo del país, y para eso es necesario expandir las posibles trayectorias de aquellos que deciden dedicarse a él. Apuesto a la ciencia no es solo los investigadores defensores: es garantizar la soberanía, la innovación y el progreso para toda la sociedad.









