Es difícil definir o sintetizar el ADN del fanático argentino. ¿El que deja todo para su equipo y cambia su humor en la semana de acuerdo con el resultado? ¿Es el que encuentra en los colores una razón para la militancia, una razón para movilizarse a lugares que por ninguna otra razón lo harían? ¿O es el que Revoles opone a los jugadores rivales en las esquinas o quién, ahora que el público visitante comienza a verse tímidamente, pasa todo el juego insultando a los fanáticos del otro equipo de Tribune a Tribuna? Tienes que dejar de lado la vergüenza y la barbarie que todos vieron en Avellaneda, en el partido independiente contra la U de Chile, porque no creo que estas personas merezcan ser llamados fanáticos: son, en cualquier caso, mercenarios, personas totalmente rotas y cobarde, que golpea e intentan matar al otro, más allá de lo que sucedió antes, que también es una vergüenza y una barbarie, en una proporción de 30 con 1.
Pero hay fanáticos, militares de los fanáticos, que, lejos del estúpido reclamo y la cultura de la resistencia, en estos meses colgaron en las afirmaciones inalámbricas o el apoyo más necesario o el apoyo más necesario en esta era del mal. En la primera cita, en el cilindro de Avellaneda, detrás de uno de los arcos, los fanáticos de las carreras colgaron la bandera del Hospital Garrahan, unos días antes de la marcha a Plaza de Mayo de sus profesionales, de los pacientes y sus familiares para reclamar el gobierno de Javier Milei para las mejoras salariales y presupuestarias.
El de San Lorenzo, siempre en la canción de la canción, podría presumir de haber sido los primeros fanáticos que, en términos más o menos masivos, cantaron “The Homeland no se vende” para 2024, cuando Milei disfrutó de los despidos masivos y recibió un apoyo con el que ahora no cuenta.
Estos no les gustan los autoritarios
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Fan es Carlitos, el jubilado que comenzó a marchar los miércoles en el Congreso con la camisa Chacarita, que la policía de Patricia Bullrich reprime y maltrata casi semanalmente, y por la cual muchos jugadores de fútbol solidaridad en marzo de este año.
Hay un fanático, el de Temperley, que cada fin de semana cuelga en la cerca del estadio Alfredo Beranger una bandera que sintetiza qué lado del fusible se encuentra. Es una declaración de principios en un trapo mínimo de 2×1: “Temperley con jubilados. Territorio de Norma Plá”. Esa anciana que en los años 90 se opuso a las políticas de ajuste repitió hoy en el vecindario de Temperley de San José. En esa área del South Conurbano, cada quince días, Norma Plá tiene un tributo pequeño y sostenido. Está en la cancha de Gasolero. Está en una cancha de fútbol. Y es con los fanáticos que sienten que, además de los fanáticos, son parte de una sociedad que no merece vivir lo que están viviendo.