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Alimentarse bien en la era de la información errónea

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Entre las dietas virales y los consejos contradictorios, los nutricionistas se convierten en aliados clave para construir hábitos saludables sin culpa ni obsesiones.

Cada 11 de agosto, el nutricionista se celebra en la conmemoración del nacimiento del Dr. Pedro Escudero, pionero de la nutrición en América Latina.

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En este escenario, el nutricionista emerge como educador y traductor, capaz de discernir entre información veraz y ruido de los medios. Su trabajo va más allá de la simple prescripción de dietas; Se centra en promover un cambio en los hábitos sostenibles, basado en el conocimiento científico y adaptado a las necesidades y preferencias individuales.

La nutricionista Natalia Antar (MN 8271) reflexiona sobre los desafíos de su profesión y cómo acompañar a aquellos que buscan mejorar su relación con los alimentos. Su mirada combina ciencia, empatía y un enfoque integral que va más allá de la mera indicación de una dieta.

Para Antar, ser un nutricionista hoy implica ser un punto de referencia confiable en un mar de datos contradictorios. “Con tanta información y mucho sin evidencia, nuestro papel no es solo dar indicaciones alimentarias, sino ayudar a las personas a filtrar, interpretar y aplicar lo que realmente les sirve, de una manera personalizada y sostenible”, dice.

Uno de los mayores desafíos, dice, es desarmar las creencias arraigadas: desde la idea de que “pan engraña” hasta la creencia de que tienes que pasar hambre para estar sano. Estos mitos, reforzados durante años por la cultura de las dietas y las modas de paso, pueden conducir a pequeñas relaciones saludables con los alimentos. La misión del profesional, en este sentido, es acompañar la paciencia y la evidencia, reemplazando la obsesión con la “perfecta” por la constancia en los hábitos reales.

El especialista enfatiza que la comida no se limita al físico. Las emociones, el ambiente y la cultura familiares y sociales influyen directamente en lo que comemos. “La comida no es solo combustible, también tiene un papel emocional, cultural y social. Las emociones pueden influir en qué, cuánto y cómo comemos. Ignorarlos no funciona: deben integrarse en el enfoque nutricional”, dice.

Además, lo que tenemos a mano y lo que aprendimos en casa pesa mucho más que la “fuerza de voluntad”. Por lo tanto, los alimentos de trabajo también implica modificar el contexto. Cambiar los hábitos es, en última instancia, un proceso colectivo.

Para aquellos que desean dar el primer paso, Natalia aconseja comenzar tanto como sea posible:

Mejorar el desayuno.

Y, sobre todo, no se compare con nadie y priorice la constancia sobre la demanda.

Los nutricionistas a menudo enfrentan las “dietas de moda”, que pueden servir como una motivación inicial pero rara vez funcionan a largo plazo. Antar advierte que muchos de ellos no tienen apoyo científico y pueden generar frustración o incluso dañar la salud. “No hay una dieta mágica: el mejor plan es el que se adapta a su vida, su historia y su salud”, dice.

Para lograr esto, la educación alimentaria y el trabajo interdisciplinario son herramientas fundamentales. El nutricionista considera que empoderar a las personas con información y habilidades reales evita la dependencia eterna de un profesional y fomenta la autonomía. Además, la colaboración con médicos, psicólogos y maestros de educación física le permite asistir a todas las dimensiones del bien.

En este nutricionista, el mensaje de los profesionales es claro: comer bien no debe ser complicado, exclusivo o lleno de culpa. La verdadera nutrición es la que mejora la vida, no la que la restringe. Y detrás de cada plan nutricional, hay un profesional que trabaja para acompañar, no juzgar. “

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