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Francisco y la radicalidad del amor sin cálculos

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Francisco desafió al mundo moderno sin pedir más eficiencia o más productividad, pero más misericordia. Y también desafió su propia iglesia, recordándole que, si no estaba al servicio del dolor humano, no era más que un eco vacío.

Su proyecto no fue simplemente pastoral; Era existencial. Se restableció en el centro del debate público una noción olvidada: que la verdadera grandeza no se mide en la coherencia de los sistemas, sino en la capacidad de descender al barro de la historia, donde la vida humana supera con toda su fragilidad, su impureza y su esperanza.

Francisco predicó con gestos más que con documentos. Prefería una iglesia herida a una iglesia cerrada. Prefería hacer una caminata al lado del último que estar bien mantenerse alejado de ellos.

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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Es por eso que molesta a quienes creen que son los dueños de la verdad.

Esta radicalidad, profundamente evangélica, fue y seguirá siendo incómoda. No solo para los sectores conservadores dentro de la iglesia, sino también para un mundo moderno que, detrás de su retórica de los derechos y libertades, todavía se ve desconfiante para aquellos que practican el amor sin solicitar credenciales, sin exigir méritos, sin discriminar por la pureza.

Francisco entendió que a veces la ley puede convertirse en un escudo contra la gracia. Que las instituciones, si no son revisadas constantemente, tienden a armarse contra el aliento impredecible del espíritu. Ese poder, incluso en sus formas religiosas, corre el riesgo permanente de traicionar su misión esencial: ser un sirviente de la vida.

Su muerte, por lo tanto, no es simplemente una ocasión de duelo. Es una provocación. Nos enfrentamos a la tentación de domar su legado, reducirlo a las frases hechas, usarlo como un ícono inofensivo, mientras que se restauran los modos antiguos de exclusión, de juicio, de cálculo.

Porque lo que Francisco encarnó no se puede bloquear en liturgias cuidadosas o en ceremonias de tributo. Su figura apunta a algo mucho más perjudicial: a la necesidad de un cristianismo, y de una humanidad, que se atreve a amar sin medida, sin garantías, sin condiciones previas.

Hoy muchos preguntan quién será su sucesor. Pero la verdadera pregunta no es esa. La verdadera pregunta es si cada uno de nosotros, en nuestras iglesias, en nuestro trabajo, en nuestra vida diaria, tendrá el coraje de continuar ese trabajo de hospitalidad radical. Si la iglesia, y aún más, el mundo, podrá seguir siendo un hospital de campaña, o si preferirá refugiarse en los museos de la corrección moral.

Francisco nos recordó, una y otra vez, que lo opuesto al amor no es odio: es el miedo. Miedo a perder garantías. Miedo a contaminar con la fragilidad de los demás. Miedo a reconocer nuestra propia necesidad de ser amado más allá de nuestros méritos.

Hoy, cuando su figura comienza a ser absorbida por el mármol de la historia, la verdadera fidelidad a su memoria no será repetir sus gestos o citar sus frases. Él encarnará el riesgo que asumió: vivir en una apertura constante, dejar que el dolor del otro, construya puentes donde el instinto natural es levantar paredes.

El cristianismo que Francisco nos propuso no era más cómodo o más liberal. Era infinitamente más exigente. Nos llamó un amor sin cálculos, que no mide las consecuencias, lo que no garantiza los ingresos, lo que simplemente ocurre.

Esa es, quizás, la herencia más difícil de aceptar y vivir. Pero también el más urgente.

Después de Francisco, no hay excusas. Sabemos, ahora, ¿cuál es el camino? Y no pasa por la ley. Lo que deja no es una doctrina para protegerse, sino una herida para no cerrar.

*Presidente de la Unión de Emprendedores de la República Argentina