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Por qué China ya no puede permanecer ‘neutral’ en Asia occidental

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MADRID – En el tablero de ajedrez contemporáneo de Asia Occidental, China está emergiendo como un actor cada vez más decisivo. Su Iniciativa Belt and Road (BRI), uno de los proyectos geoeconómicos más grandes del siglo XXI, requiere anclajes sólidos en una región estratégica donde las rutas de energía, los corredores comerciales y algunos de los conflictos más prolongados del mundo se cruzan.

Sin embargo, Beijing enfrenta un dilema: ¿cómo puede garantizar la estabilidad y la continuidad en una región marcada por rivalidades profundas sin abandonar su papel tradicional como actor “neutral”? Ha pasado el tiempo para el aplazamiento. La estructura misma del sistema internacional obliga a las opciones, y en Asia occidental esa elección se reduce a Irán.

La tesis de este análisis es directa: si China quiere asegurar su proyecto económico euroasiático, solo una alineación firme con Irán puede lograr esto. La alternativa, un acto de equilibrio “débil” con Israel o sus aliados, se destaca no solo el BRI en la región, sino también la capacidad de Beijing para proyectarse como un poder estabilizador en el sur global.

El cinturón y el camino como arquitectura global

China concibe el BRI como una infraestructura de integración multipolar. Sus objetivos centrales son triple:

Energía: asegurar suministros estables del Golfo Pérsico y Asia Central a Asia Oriental.

Conectividad: establecer corredores de tierra y marítimo que vinculen a Eurasia con África.

Diplomacia económica: consolidar un entorno global menos dependiente del dólar y la hegemonía financiera occidental.

West Asia, dada su geografía y recursos energéticos, es fundamental para los tres pilares. Ninguna ruta terrestre o corredor marítimo a África puede evitar sus estrechos y puertos. Por esta razón, Beijing no puede tratar la región como una mera zona de tránsito; debe verse como un núcleo que requiere una estabilidad duradera.

China e Irán: afinidad estratégica

Irán ofrece a China lo que ningún otro poder regional puede proporcionar simultáneamente:

Profundidad de energía: vastas reservas de petróleo y gas capaces de mantener el crecimiento chino durante décadas.

Ubicación central: una encrucijada entre Asia Central, Asia occidental y el Océano Índico, ideal para articular tanto los corredores de tierra como marítimos.

Autonomía política: a diferencia de Arabia Saudita o los EAU, Irán no es un protectorado estadounidense, dando a Beijing más espacio estratégico para la maniobra.

Convergencia política: como China, Irán promueve un orden multipolar y cuestiona la hegemonía occidental.

Esta alineación no necesita ser ideológica; Es estructural. Ambos poderes se benefician de debilitar la dependencia del orden transatlántico y consolidar redes alternativas.

En 2021, China firmó un acuerdo de cooperación estratégica de 25 años con Teherán, que cubre inversiones multimillonarias en infraestructura, transporte y energía. Sin embargo, se cree que Beijing ha sido cauteloso, reacio a comprometerse completamente. Esa vacilación se está volviendo cada vez más insostenible.

Israel un riesgo estructural para el BRI

El expansionismo israelí es un factor de inestabilidad que amenaza directamente los intereses regionales de China. Israel no es un pareja neutral ni predecible:

Dimensión colonial-expansionista: desde 1948, y especialmente después de 1967, Israel ha proyectado más allá de sus fronteras, alimentando un conflicto endémico.

Efecto derramado regional: cada ofensiva en Gaza, cada operación en el Líbano o Siria, multiplica las tensiones alrededor de Irán y sus movimientos de resistencia aliados.

Asimetría con Washington: Israel funciona como un apéndice estratégico de los Estados Unidos, actuando como vector para la agenda estadounidense en la región.

Para China, que busca corredores comerciales estables, Israel representa, en el mejor de los casos, un factor de riesgo permanente, y en el peor de los casos un catalizador de inestabilidad capaz de descarrilar inversiones mil millones de dólares.

La expansión territorial israelí, sus ambiciones en Gaza, Cisjordania y más allá, no serán vistas como un tema puramente “local”. Cada paso en esa dirección arrastra la región más amplia hacia la inseguridad. Para el BRI, esto equivale a una amenaza sistémica: las rutas terrestres que cruzan Irán e Irak hacia las rutas mediterráneas, o las rutas marítimas que dependen de la estabilidad del Golfo Pérsico, se vuelven vulnerables con cada aumento de la violencia israelí-palestina.

Choque de lógicos: colonialismo versus conectividad

De otro prisma, el dilema de China puede describirse como el choque de dos lógicas incompatibles. Por un lado está la lógica israeli-expansionista: guerra permanente, control militar y la fragmentación de los vecinos. Por otro lado está la lógica BRI de China: conectividad, interdependencia y la previsibilidad de los corredores comerciales.

La expansión israelí se basa en la inestabilidad para sobrevivir, fragmentando a Palestina, debilitando a Siria, presionando al Líbano, que rodea a Irán. La expansión china, por el contrario, requiere estabilidad: tuberías seguras, puertos que funcionan, ferrocarriles ininterrumpidos.

Estos dos modelos no pueden coexistir en el mismo espacio geopolítico. La entrada de China en la región obliga a una elección: someterse a un orden regional de paredes y violencia, o construir una de rutas y enlaces horizontales.

Si Israel representa la desestabilización permanente, Irán funciona como un eje de resistencia y contención. No porque Teherán esté libre de tensiones internas o proyección militar, sino porque su papel estructural es bloquear la expansión israelí y estadounidense.

Para China, las consecuencias son directas:

Seguridad de los corredores terrestres: la ruta que conecta a Xinjiang con Turquía y el Mediterráneo inevitablemente pasa por Irán. Si esta sección sucumbe a la inestabilidad inducida por Tel Aviv o Washington, toda la arquitectura BRI vacía.

Balance de energía: sin Irán como contrapeso, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, alineados con Washington, el apalancamiento de la presión para presionar a Beijing a través del suministro o los precios.

Proyección hacia el Océano Índico: Irán proporciona acceso directo a puertos como Chabahar y a corredores hacia Pakistán, India y más allá.

Por lo tanto, la alineación china con Irán no es sentimental o ideológica: es una estrategia de supervivencia para el BRI.

El espejismo del pragmatismo israelí

Algunos expertos chinos argumentan que Israel podría ser un valioso socio tecnológico y económico para el BRI, citando la cooperación en agricultura, agua e innovación digital.

Pero este razonamiento confunde la colaboración táctica con la alianza estratégica. Israel puede ofrecer tecnologías avanzadas, pero nunca estabilidad política. Su dependencia de Washington y su lógica expansionista lo convierten en un socio poco confiable para una iniciativa de varios siglos como el BRI. Lo que está en juego no es el acceso a una patente agrícola, sino la consistencia de los corredores energéticos que alimentarán a China durante el siglo XXI.

Otro elemento clave es la percepción en el sur global. China se presenta como una alternativa al orden occidental, pero su credibilidad depende de su postura hacia Palestina e Israel. Para la mayoría de las sociedades árabes y musulmanas, Israel encarna un proyecto colonial que perpetúa la injusticia. La ambigüedad de Beijing hacia Tel Aviv socavaría su legitimidad como líder del sur global.

Por el contrario, Irán es visto como un estado que resiste la hegemonía y la expansión colonial. Apoyar a Teherán no solo aseguraría rutas y energía, sino que también fortalecería la imagen de China como una referencia política-moral para un orden multipolar y justo. El dilema es transparente: China construye legitimidad global o lo erosiona al vacilar en Israel.

Escenario de riesgo: Gaza -Golan -Iran Intersección

La situación actual en Gaza, las tensiones continuas en el Golán sirio y la presión sostenida sobre Irán crean un riesgo triangular capaz de poner en peligro el BRI. Cada escalada militar israelí lleva a la región a una espiral que afecta tuberías, reservas de gas y rutas marítimas.

Es ingenuo pensar que China puede permanecer separada indefinidamente. La interdependencia global significa que una conflagración en esta zona afecta los mercados energéticos, el seguro marítimo y las percepciones del riesgo de los inversores en la infraestructura.

El único actor que muestra una capacidad real para resistir tales presiones es Irán. A través de su red de alianzas (Hezbolá, Siria, grupos palestinos, Iran es la única fuerza capaz de imponer límites a la expansión israelí. Si China quiere corredores estables, debe apoyar al actor que frena la inestabilidad.

Durante décadas, la política occidental de China se basó en el equilibrio: lazos con Irán, relaciones económicas con el Golfo Pérsico, cooperación ocasional con Israel. Esta estrategia permitió la expansión sin compromisos profundos.

Hoy, ese equilibrio está alcanzando sus límites. Radicalización israelí, competencia abierta con los Estados Unidos y la centralidad de Asia occidental a la Fuerza BRI Beijing para elegir. La neutralidad ya no trae beneficios: genera vulnerabilidad.

El futuro del cinturón y la carretera en el oeste de Asia depende de una definición estratégica. China no puede sostener dos lógicas opuestas: la expansionista israelí colonial, que prospera en el conflicto y la lógica BRI de la conectividad, que requiere estabilidad y previsibilidad.

Elegir Israel es socavar el proyecto desde adentro, condenándolo a la vulnerabilidad. Elegir Irán es construir un eje de estabilidad, energía y proyección hacia Eurasia y el Océano Índico.

Esta no es una elección ideológica, sino un cálculo geopolítico: garantizar que los corredores funcionen en las próximas décadas. Sin un Irán fuerte y apoyado, los sueños de integración global de Beijing podrían evaporarse en un mar de conflictos impulsados por la lógica colonial-expansionista que representa Israel.

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