Home Noticias Locales La diferencia entre la realidad y el “reality show”

La diferencia entre la realidad y el “reality show”

60
0

La sociedad digital es una caja de vidrio en la que todo debe estar expuesto. Uno de los riesgos es que la verdad se diluye.

Por Daniel Sinopoli
Para Clarín

Haga clic aquí para unirse al canal de WhatsApp de Panorama Diario y siempre estar informado

No sabemos quién. Tal vez todos, tal vez ninguno. Pero alguien miente. No es una acusación sino un atractivo para la realidad, ya que el que dice “hay niebla” o “El café está frío”. En la escena pública argentina de los tiempos que ejecutan la trágica de micrófonos, pancartas y redes sociales, la idea de mentiras parece contaminar todo el paisaje.

Aunque nadie en particular lo dice, una gran cantidad de personas públicas y anónimas repiten u se oponen. Está en el tono, en la asamblea, en la selección de adjetivos y en los silencios. Lo más inquietante no es la mentira en sí, sino nuestra incertidumbre radical sobre su origen.

Un antiguo aforismo del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein sugiere que los límites de nuestro idioma son los límites de nuestro mundo. Pero hoy, en el intrincado espacio público, los límites parecen ampliarse con cada meme viral, cadena de whatsapp, editorial periodística ampulosa o tweet.

En todos los casos, el propósito es anunciar la verdad definitiva del día. La democracia dirá algunos, se fortalece con la circulación de ideas. Pero, ¿qué sucede cuando esas ideas se vuelven inatrapables, líquidas, rápidas como un video que nos hace gracia sin que sabemos por qué?

En la era de la semiosis indeterminada, hay datos que cambian el significado en el momento en que los interpretamos. Si un líder da un discurso, el evento real ocurre minutos después, cuando sus frases se vuelven a emitir, musicalizan y se convierten en combustible para la sociedad digital.

Lo que quería decir se vuelve irrelevante y lo que se entendió lo que dijo es validado. Las noticias falsas, más que una anomalía del paisaje, son parte del flujo de contenido habitual: la falsedad decorada como certezas, listas para ser consumidas sin resistencia.

La Sociedad Digital es una caja de vidrio en la que todo debe verse, mostrar, expuestos. Uno de los riesgos de esto sin descanso es que la verdad se diluye. Se podría pensar que esto sucede porque está oculto, pero en verdad es porque, tan expuesto, ya no se interesa. Interesa el gesto, el marco, la afectación.

Por lo tanto, la sociedad digital y de vidrio adquiere los códigos de los reality shows: los políticos interpretan a los políticos, los ciudadanos a los ciudadanos, las opiniones a los expertos. Y se espera que alguien llore, monte con ira o confiese su amor en la cámara. Porque entonces, solo entonces, se considerará auténtico. En este escenario, no algunos actos, piensan o se indignan dentro de una burbuja de fantasía, separada del piso firme de los hechos.

La lógica emocional domina: lo que se siente real vale más de lo que es realmente. Por lo tanto, pensar, moverse y decidir en función de las percepciones y ficciones se convierte en una norma. Y educación? La tarea del paciente de formar personas autónomas y críticas, capaces de pensar más allá de las declaraciones frenéticas o impensables del día a día, está fuera del campo. Ha sido reemplazado por esa extraña pedagogía de dispositivos multimedia en el que la atención dura menos tiempo del que el cerebro necesita para madurar una idea o hacerla propia.

El joven ciudadano de la democracia acuñado por los griegos, a quienes se les debe enseñar a discernir entre verdadero y falso, ahora pasa gran parte de su tiempo para establecerse entre virales y aburridos. Entre lo que se comparte y lo que no. Netflix confirma: “El placer de la recepción siempre gana”.

Una vez más, después de tantas décadas, debemos recordar que no es apropiado atribuir ninguna responsabilidad a los medios de comunicación, al apoyo tecnológico en sí, sino a su uso. Como toda maquinaria simbólica, aquellos que operan los medios no crean el mundo: lo editan. Seleccionan, enmarcan, musicalizan.

Pero su influencia radica precisamente en que no siempre nos obligan a pensar. Y piense, infórmese bien, requiere esfuerzo. Exige detener y comparar. En cambio, el algoritmo es más tentador: suspender el juicio. Es una experiencia que no se molesta ni se complica.

Alguien miente, dijimos. Y tal vez que alguien no sea una persona, sino una lógica. La lógica de la simplificación, que muestra un fragmento como si fuera el todo, del disfrute inmediato, de la imagen sin imaginación. La lógica de la distracción, para reemplazar el ejercicio de la razón del encantamiento de la inercia. Como en la caverna de Platón, vemos sombras, pero ahora audios o imágenes de las reacciones antes que sean tomadas.

Sin embargo, hay un espacio mínimo de libertad. Un intersticio en la pantalla que, con ciertas afirmaciones, llamaremos duda. Consiste en preguntar quién dijo esto, para qué. Esa duda es el comienzo de una verdadera educación que prefiere, para formar consumidores de opiniones, formar ciudadanos que intentan vislumbrar los hilos de las máscaras.

Tal vez el que grita en la televisión o el que se calla en su línea de tiempo en las redes. Quizás es uno mismo quien lo hace, cuando reproduce discursos sin pensar o reenviar indignaciones sin digerirlos. Es una pena, porque debo recordar en esas ocasiones que la verdad no siempre se grita, a veces se susurra o está en silencio, para no convertirla en un espectáculo.

La misión es leer, educar, escuchar y pensar. No solo para cumplir con la premisa habitual de descubrir al mentiroso, sino también, y esto es un poco más difícil, para no ser su próximo imitador.

Fuente de noticias