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Colombia: Las claves del asesinato bestial de 8 líderes religiosos “interrogados” por los Narcogueros de FARC

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La noticia sacudió a Colombia: ocho líderes sociales y religiosos fueron encontrados en una tumba común en el departamento de Guaviare, al sur del país. El descubrimiento, confirmado por la Oficina del Fiscal con el apoyo del Ejército Nacional, ha puesto una vez más la brutalidad con la que operan los disidentes armados, especialmente el primer armando Armando Ríos del Estado Mayor Central (EMC) del FARC. Este caso refleja una realidad que se ha repetido durante años: el papel letal de la narcógora en los territorios donde el estado apenas llega.

En este informe analizamos las claves para comprender este crimen, su contexto y cómo se conecta con los peores episodios recientes de violencia de narco-insurgente.

¿Qué pasó en Guaviare?

El hallazgo tuvo lugar en una zona rural del municipio de calamar, después de una intensa búsqueda iniciada en abril. Las víctimas -Jes Valero, Carlos Valero, Marivel Silva, Isaid Gómez, Maryuri Hernández, ÓScar Hernández, James Caicedo y Nixon Peñaloza Chacón -desaparecieron a principios de Abril después de ser miembros de los miembros del Armando Río del frente para un interrogado interno. Los asesinos actuaron bajo las órdenes del círculo de confianza de Iván Bite, el líder principal del EMC, con el objetivo de frenar la posible creación de una célula rival de Eln en la región. Los cuerpos fueron transferidos a una propiedad abandonada y enterrados en una tumba común, donde fueron recuperados dos meses después gracias a las quejas y mecanismos de búsqueda urgentes activados por familiares y organizaciones sociales.

Llaves para entender la masacre

1. Disputas para el control territorial

La razón detrás del secuestro y el asesinato múltiple está directamente relacionada con las luchas internas entre los grupos armados ilegales. Los disidentes de EMC buscaron evitar que el ELN estableciera presencia o alianzas locales. Estas luchas hacen que los líderes de la comunidad, muchos de ellos mediadores o defensores sociales, en blanco frecuente, acusándolos injustamente de colaborar con los lados rivales.

2. La persistencia letal del narco-conflicto

El EMC, un heredero directo del FARC después de los acuerdos de paz fallidos o incompletos, se ha establecido como uno de los principales actores en el tráfico de drogas, la extorsión y la minería ilegal en regiones como Guaviary y Caquetá. La estructura Armando Ríos es conocida por su brutalidad: reclutar a los menores, impone normas sobre sangre y fuego y persigue cualquier forma de organización social autónoma.

“Estos disidentes no representan ninguna causa social. Se han convertido en una guerrilla de narco dedicadas al tráfico de drogas, la minería ilegal y la extorsión”, dijo recientemente el Ministro de Defensa Colombiano cuando se refieren a las acciones sangrientas del grupo después de desviar a uno de sus jefes, también conocido como Paisa o Duver.

3. Un patrón repetido: los líderes sociales como objetivo

Los asesinatos colectivos contra los líderes sociales no están aislados. Según datos recientes, durante el gobierno actual ha habido alrededor de 196 masacres en todo el país. Departamentos como Norte de Santander, Meta, Cauca y Antioquia concentran los índices más grandes; Guaviare ahora se une a esta tragedia.

El presidente Gustavo Petro expresó su “rechazo más profundo del hallazgo atroz” y lo describió como “una afrenta grave por el derecho a la vida, la libertad religiosa y el trabajo espiritual y comunitario”. Sin embargo, las condenas oficiales contrastan con la sensación general de impunidad e impotencia contra el poder armado local.

4. Contexto histórico: los crímenes más horribles de la narcónica

Este episodio se suma a una larga lista negra marcada por atrocidades cometidas por guerrillas transformadas en Narco Mafias:

Secuestros masivos para financiamiento o presión política. Selectivo o colectivos para infundir terror e imponer control social. Masacres como los que ocurrieron en Bojayá (2002), Mapiripán (1997) o Tumaco (2017), perpetrados por varios grupos armados, incluidos FARC, entonces o paramilitarios. Recepción forzada de menores e implementación violenta de propios líderes comunitarios de “justicia” que se oponen a los negocios ilegales o promueven alternativas pacíficas.

El fenómeno no es solo colombiano: redes como los comandos fronterizos también operan hacia Ecuador y Perú, aliados con carteles internacionales para proteger las rutas de tráfico de drogas y perpetuar su poder sobre las comunidades rurales indefensas.

¿Cómo puede evolucionar esta crisis?

La reacción estatal ha sido inmediata pero limitada: despliegue militar puntual y promesas oficiales. Sin embargo, muchas regiones permanecen fuera del control gubernamental. La negociación de esfuerzos con algunos grupos no ha detenido la violencia; Por el contrario, ciertos sectores armados aprovechan las truces parciales para reorganizar o eliminar a los rivales internos. Las organizaciones sociales solicitan reforzar los mecanismos internacionales de protección y vigilancia a lo que consideran un patrón sistemático de exterminio dirigido contra aquellos que defienden los derechos humanos. El miedo crece entre aquellos que asumen roles públicos o religiosos en las zonas rurales: muchos se ven obligados a huir o callarse antes de cualquier señal.

La memoria colectiva recuerda otros horribles crímenes cometidos por la narcógora (masacres, desplazamientos forzados, desapariciones, que dejaron cicatrices profundas aún sin curación. El reciente hallazgo en Guaviare es un recordatorio doloroso: si bien el negocio ilegal armado persiste y no ha sido justicia efectiva o real, los episodios continuarán repitiéndose.

La comunidad internacional observa con preocupación este sangriento rebote. Las próximas semanas serán clave para saber si habrá avances sustanciales contra la impunidad o si este caso terminará grabando las estadísticas negras que pesan en Colombia.

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