¿POR QUÉ NADIE SE QUIERE QUEDAR?

Escrito por Administrator

 

La añeja historia de retener por años a un jugador en los perímetros de una institución, dejó de funcionar cuando el negocio le ganó a la pasión. A partir de la superprofesionalización del deporte, el fútbol convivió con la emigración de todo tipo de jugadores. No sólo de aquellos talentosos que marcaban una diferencia, sino de muchos otros, apenas laburantes del balón, quienes vieron oportunidades impensadas y partieron veloces a mejores destinos. En continuo, las dirigencias sufrieron con la nueva actualidad a la que no parecen haberse acomodado. Pasó en la Comisión Directiva presidida por Raúl Gamez, y prosigue en la administración de Sergio Rapisarda.

Como eje de la discusión y para disimular el golpe, ambos llenaron sus líneas de comunicación y las redes sociales con la palabra, "Pertenencia", haciendo gala de una frase que no coincide en la realidad de cada día. Al menos en el tema futbolístico. Aquí se mezclan necesidades propias de la entidad con anhelos del futbolista. Dos posiciones contrapuestas que chocan por intereses diferentes. Como en toda actividad profesional, un determinado protagonista, a la hora de elegir, decide por su futuro reflexionando a propósito de la ganancia posible -sin considerar sobre si su capacidad llegó a un techo o si todavía le faltan unos puntos de horno a su formación-. Resuelve veloz y en positivo. Es una cuestión individual que roza lo descarnado pero lógico con el espíritu orientado en los tiempos actuales. Aquello colectivo, alzado como bandera por nuestros abuelos, dio paso a la modernidad y con ello, al individualismo.

Vélez Sarsfield, institución y Club de Fútbol, sufre el problema de varios jugadores que desean abandonar el barco influenciados por sus representantes y/o familiares, desafíos externos y por la "diosa" billetera. Podríamos manifestar que se trata de un conjunto de los 3 intereses mencionados. Como sea, los hinchas, quedamos sorprendidos y enojados porque nuestra realidad decae. No se puede culpar al profesional. No tiene, ni debe tener nuestro sentimiento. No realiza su actividad por pasión. Lo hace por dinero. Aunque nos pese. En ese trayecto, se encuentra sometido a las leyes del mercado. Para muestra, contaremos con un solo botón. Nicolás Domínguez, hombre fundamental en el "armado" de Gabriel Heinze, renovó su vínculo en octubre de 2018. Apenas 10 meses después, fue transferido. ¿Qué pasó entre aquella firma y esta partida? Un combo explosivo, manejable e inmanejable, al mismo tiempo.

Por un lado, la mala praxis de una comisión directiva que cuando firma sus primeros contratos -obligatorios para el jugador-, no impone una cláusula de salida de costo imponente. Si lo hacen, clubes como Boca Juniors, River Plate, San Lorenzo, Racing y otros. Sobre el tema, decimos que el razonamiento económico fue intentado desde Juan B. Justo, pero no es certero en este caso. Las condiciones de un contrato inicial las pone el club que ofrece un salario mínimo por 3 temporadas y que resulta de forma obligatoria para el futbolista. En ese tiempo, se mantiene una posición de poder que se debe ejercer, y no solo anunciar. Si desde el comienzo la cláusula de rescisión es baja, en cada renovación llevarla a números razonables y actuales con la realidad del jugador, es costosa financieramente. Así, la entidad queda como rehén de inescrupulosos representantes y de los deseos -muchas veces caprichosos-, del protagonista. Vale decir que esta política equivocada se viene sucediendo en los últimos 10 años. No es algo nuevo.

Por otro lado, analizando la cuestión por ojos del futbolista, la necesidad de una transferencia importa a la hora de cobrar y en lo deportivo. Van desde el deseo de probarse en un fútbol superior, el famoso 15% que reciben en el pase, sumando al salario mayor por jugar en Europa y al costo de firmar contratos en Argentina que se ven afectados por 15 años de malas políticas económicas en el país con las consiguientes devaluaciones del peso. ¿Qué decimos? Siguiendo con el caso Domínguez, la firma de su contrato presupuso un dinero pautado en dólares que se pagarían a una cifra en pesos negociada. A manera de ejemplo: por cada dólar que el volante firmó, solo recibirá 0,70 centavos de aquella moneda por la diferencia generada en los últimos días. Lo que se imaginó como inversión para su futuro, se evaporó -en gran parte- de la noche a la mañana. En estas condiciones, retener un jugador en la Superliga se hace complicado.

El punto final, es la pésima administración financiera. Pasamos de un gobierno -el anterior-, que nos tenía al borde del descenso con una alta deuda a corto plazo, a otro que la duplicó (financiándose con el desacertado e imperdonable descubierto bancario) y con la peligrosidad de aumentarla en dólares. No es casualidad que cada pretemporada es un volver a empezar. A diferencia de otras instituciones -entre las que nos codeábamos hace unos años-, el fortín sufre la pérdida de calidad en sus filas. Una situación que compromete la planificación y los deseos. Por ejemplo, tomaremos el actual: ¿cuántos jugadores del Vélez que clasificó de manera notable a la Copa Sudamericana, jugarán efectivamente ese torneo? Por el momento, la cuenta incluye a Matías Vargas, Nicolás Domínguez -que se irá en diciembre con seguridad-, y Joaquín Laso. Tres ausencias de titulares que serán más. Merodea el futuro con Lucas Robertone y Thiago Almada.

De completarse ese quinteto, la mitad del poderío expresado en la Liga 2018-2019, se habrá perdido en ventas de una entidad que no se encuentra saneada, ni mucho menos. Una paradoja que demuestra cómo estamos. A mayor venta, superior gasto, aumento de la deuda, y más inversión para incorporar, ni hablar de si es calidad, y nuevas transferencias. Un círculo vicioso que se prometió finalizar pero que continua sin que se le ponga el cascabel al gato. Algo extraño, o no tanto...

 

Por Rubén David Oliva

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